Había nacido en el centro de Campana, exactamente en el centro de la ciudad. Cuando algún desconocido o "conocido nuevo" le preguntaba de dónde era, él respondía muy orgullosamente: _ ¡Soy del centro, del centro de la cuidad!
¡Y no mentía! Había llegado al mundo junto a la plaza Dr. Eduardo Costa, sobre la vereda de la misma para ser más exacto. Las crónicas de su natalicio cuentan que corrían los años cincuenta, y que sus padres no alcanzaron a llegar al hospital, de tal manera que el auto de un vecino que los auxiliaba se detuvo sobre la plaza y allí nomas, en el asiento trasero del automóvil se abrió a la vida.
Ocurrentemente sus padres lo nombraron "Citadino" (habitante de la ciudad) aunque lo curioso recaía en que vivía en la isla, alejado de la polis y que residía allí, como muchos campanenses, desde los diez o doce días de haber nacido y que nunca, nunca había regresado a la urbe.
Citadino no conocía la plaza del centro, ni la estación del ferrocarril, ni la calle principal; no conocía las diagonales. No le interesaba conocer ni quería tampoco, le alcanzaba y sobraba con saber que había nacido allí,- según sus propias palabras-.
Sus padres (era hijo único) nunca lo habían llevado más lejos de un par de leguas alrededor de aquella estancia venida a menos que cuidaban en el interior del gran delta.
Citadino era un isleño de ley, isleño de pura cepa. Principalmente porque vivió toda su vida en el Delta Inferior, casi treinta años. Era un verdadero experto respecto de la fauna y flora del lugar. Conocía el humedal como la palma de su mano. No había animal, alimaña o vegetal que él no conociera o domara y si lo había no era del Delta del Paraná.
Nadador de río excepcional, no de esos de pileta olímpica. Citadino podría salvar a cualquiera de los embates de un río picado o correntoso y con una sola mano. Solía correr velozmente por su muelle de madera, saltar cuando llegaba al borde, volar muchos metros en el aire y clavar en el agua marrón del cauce para estar muchos minutos por debajo de la superficie; tantos que, si uno aguantara la respiración por el mismo lapso de tiempo se moriría. Sin embargo él salía en la otra orilla casi sin realizar ningún esfuerzo. Se podía sumergir sin salir a la superficie por más de cinco minutos y bucear más de cincuenta metros, mucho más…
Cuando alguien que no lo conocía le preguntaba de dónde era quedaba estupefacto al oír la respuesta.
_ ¿¡Usted es del centro de la ciudad!? ¡Pero si es la isla misma usted!
Era bien parecido. La piel curtida pero sana, cómo explicarlo… tenía la piel característica de alguien de campo pero brillante. Era alto y tenía el pelo rubio y largo, aunque algo desprolijo. Eso sí, tenía los dientes más blancos que jamás se vieron por aquellos parajes y un vocabulario poco isleño, más bien fino y distinguido, si… distinguido y refinado; aunque hablaba poco, muy poco, casi nada. Lo de la piel y los dientes lo heredó de su madre, según decían, y el refinamiento de las palabras provenía de su padre quien era un ávido lector y tenía allí en su casa de la isla una biblioteca personal modesta pero variada.
Citadino hablaba poco. Era más lo que hacía que lo que hablaba; ¿¡Y qué hacía!? Podía bajar un sauce de más de cien años de diez hachazos; montaba los caballos como el mejor de los jinetes del mundo y era un gran cazador. No había nutria, carpincho o ciervo que se le escapara y los peces, los pescaba a todos; los conocía todos, bagres, bogas, doraditos, patis, surubíes y se los comía a todos. Comía de todo pero el pescado era su alimento preferido.
Respecto de la caza y la pesca tenía una ley, un mandamiento que si no era de Dios era del hijo de Dios, porque lo respetaba a rajatabla y lo hacía respetar a los demás, a quien fuera, sea parroquiano, coterráneo, turista o extranjero… decía:
_ Solo mato lo que sé que voy a comer, lo que no, no. Si no lo voy a comer ni siquiera le apunto, ni saco la faca de mi cintura o lo tiro al río devuelta. ¡Y más les vale que ustedes hagan lo mismo! – decía sacando la faca de su cintura tratando de impresionar, pero en tono de broma-.
Pescaba de firme con trasmallo, cazaba con un rifle propiedad de su padre y tenía un bote con motor y una canoa con remos. Solo en ocasiones visitaba el almacén de ramos generales de Ismael. Iba a "Lo de Ismael" solo a comprar provisiones ya que no bebía alcohol. Allí es donde entablaba algunas conversaciones con los ribereños y ocasionales turistas, breves conversaciones; más bien los lugareños o visitantes, turistas en su mayoría, le consultaban sobre una cosa o la otra respecto de la isla. Porque si alguien sabia de la isla era el isleño Citadino.
Un día, un maldito día, quizás por nostalgia o por la soledad que le dejaron sus padres al partir de esta vida terrenal, decidió ir a la ciudad. Por primerísima vez. ¡Maldito día aquel! Tomó la lancha de pasajeros y llegó hasta el puerto de Campana, bajo en la escueta costanera y caminó. No necesitó preguntar dónde estaba la estación de tren, ni la calle principal o la plaza donde había nacido casi treinta años antes. Solo caminó…
Llegó cabizbajo a la plaza principal. Lloviznaba. Las luces de la avenida Real no lo conmovieron. Se detuvo junto al mástil del centro de la plaza y no pudo menos que rememorar a sus amados padres e imaginar el día de su improvisado nacimiento en plena vía pública. Era su primera vez allí. También sería la última…
Corrían años oscuros, años de dictadura militar en la Argentina de los postreros años setentas. Quedó sin saberlo en medio de una redada policial y una ráfaga equívoca de ametralladora lo alcanzó en el pecho. Siete balas lo derribaron al piso, junto al mástil de la bandera. No pudo entender qué sucedió. Qué iba entender si su mundo era el Delta, la madera, el mimbre…
Fueron segundos, milésimas de segundos… vio toda la ciudad, las diagonales, el palacio municipal, a sus padres otra vez, vio los esteros, los zorzales, los carpinchos… ¡Fue todo lo que vió!
Hoy allí, en el mismo centro de la ciudad, junto al mástil de la enseña patria, muy cerca del monumento de los caídos en Malvinas, el de las Madres de Plaza de Mayo, de los bustos de Perón y Evita, y el bronce que homenajea al Tango… hay un recuerdo de Citadino. Una placa conmemorativa que dice:
LA ISLA TODA TE EXTRAÑA "UN HIJO DE CAMPANA QUE NACIÓ Y FALLECIÓ EN EL MISMO CENTRO DE LA CIUDAD"



