"El tiempo es muy lento para los que esperan, muy rápido para los que temen, muy largo para los que sufren, muy corto para los que gozan; pero para quiénes aman, el tiempo es eternidad." --William Shakespeare
Cuando somos pequeños, cada cumpleaños parece estar a un siglo de distancia. Sin embargo, a medida que crecemos y envejecemos, el tiempo parece acelerarse y cada año nos parece que "transcurre" más de prisa que el anterior, vemos que cambia nuestra percepción del tiempo.
La memoria también es esencial en nuestra capacidad para formar recuerdos.
El tiempo vuela cuando estamos alegres, motivados u ocupados. Contrariamente, cuando estamos cansados o incómodos, nos aburrimos, esperamos a alguien con impaciencia o estamos en peligro, el tiempo parece haberse detenido. También se hace eterno cuando le prestamos atención, es decir, cuando estamos pendientes de él.
Según David Eagleman, neurocientífico, el tiempo psicológico discurre en un interno guiado por nuestras experiencias. Según su teoría, nuestras "primeras veces" suponen para nuestro cerebro un mayor gasto energético porque les prestamos más atención y registramos más detalles que cuando la experiencia es repetida.
Este "esfuerzo" mental nos produce la sensación de que el tiempo transcurrido es mayor. Cuando la experiencia es repetida, le prestamos menos atención.
La mayoría de las experiencias nuevas se acumulan durante la niñez, la adolescencia y la primera juventud. Durante estas últimas etapas, tenemos alguna experiencia totalmente nueva cada hora del día, ya sea subjetiva u objetiva.
Si cuando no parece que cuando somos niños el tiempo transcurre más lentamente, es en parte porque estamos permanentemente viviendo el presente, experimentando cosas nuevas y prestando atención con intensidad a nuestro entorno.
Cada año que pasa esa experiencia se convierte en una rutina automática de la que apenas somos conscientes. Los días y las semanas se diluyen en nuestro recuerdo hasta convertirse en lapsos de tiempo carentes de contenido.
La memoria está marcada por ciertos eventos que nos resultan importantes: el primer día de escuela, la entrada a la Facultad, una boda, el día en que nació un hijo; todo ésto, nuestra memoria lo registra con más detalle que el recuerdo de lo que comimos el Lunes pasado.
Como la mayoría de estos eventos importantes, suelen suceder en edades tempranas, no es de extrañar que nuestra memoria haya registrado la infancia como una época lenta y larga.
Platón decía que " El tiempo es la imagen de la eternidad".
Heráclito advertía que "Nunca nos bañamos dos veces en el mismo río" y Aristóteles lo definió como una "medida del cambio". En su opinión, ni el pasado ni el futuro pueden experimentarse, sólo el presente. Pero el presente es tan etéreo que en el mismo momento en el que intentamos capturarlo ya es pasado.
John Lennon lo afirmaba y lo recogió la sabiduría popular ; "La vida es éso que nos pasa mientras hacemos otros planes".
Jorge Luis Borges imaginó una serie de tiempos divergentes, paralelos y convergentes.
Albert Einstein planteó que el tiempo es relativo.
El tiempo, además, es un hecho cultural que varía de comunidad en comunidad.
Hay investigaciones inquietantes, por ejemplo, a medida que una ciudad crece, el valor del tiempo de sus habitantes se acrecienta con el aumento de salarios, y el alza del costo de la vida. Cuanto más desarrollado es un país, menos tiempo libre les queda a sus habitantes, el tiempo transcurre más aceleradamente.
Por éso amigos lectores, tratemos de que nuestro tiempo transcurra lentamente, pues nunca debemos olvidar que "El tiempo es oro ".



