Personajes preferidos de las telenovelas, hilo de la trama secreta de los enredos de las constelaciones familiares, los adoptados ya no son los sirvientes disfrazados de hijos del siglo anterior. Completan la planificación familiar, forman fila en los mejores colegios del mundo, triunfan como artistas y profesionales. Ya nadie cree que son víctimas sociales, no obstante, la condición de adoptado sigue siendo un tabú. Pocos son los que se atreven a hablar sin tapujos del tema. Entre dientes, a cada logro del niño en cuestión se comenta: y mirá que fue adoptado...
También persisten los secretos alrededor de su figura, a cada desliz en la conducta posa la sombra de la "irresponsabilidad" o "desamor" de sus padres biológicos y a eso se le suma, como si fuera poco, la expectativa si en el futuro querrá o no conocer a quiénes lo han abandonado.
Tengo una hermana adoptada y si bien la educación humanista que nos han dado sentó bases para una integración basada en el amor y en el respeto, escuché más de una vez el comentario "no es como nosotros" ante el su desempeño escolar o la indiferencia ante el hambre del mundo. Por supuesto, la defendí y lo haré siempre. Lo hice porque no creo que la condición genética marque diferencias sustanciales en los seres humanos. Más que el color de los ojos y cualquier otra característica física, el ADN no determina el comportamiento de las personas. Por esa razón estoy a favor de la adopción. El amor y el cuidado son los que hacen la diferencia entre nosotros.
Fabiana Daversa
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