Cada día un poco peor. El programa de ajuste que propuso Cambiemos al Fondo para que liberase el préstamo stand-by impondrá una brutal recesión económica: desempleo y empeoramiento en la distribución de la riqueza. Las amenazas en el frente externo (más que fiscal) no recibieron un tratamiento serio de la política pública. Demasiada retórica meritocrática previo a fundir el país.
El pasado jueves 7 de mayo funcionarios del gobierno informaron los lineamientos generales del acuerdo con el Fondo Monetario Internacional con mayor antelación de lo previsto. El anuncio se esperaba el jueves siguiente 14 de junio y el primer desembolso del préstamo -que en total asciende a USD 50.000 millones- una semana después, si lo aprueba el directorios. El jefe de la misión del Fondo para Argentina, Ricardo Cardarelli, felicitó al gobierno por "moverse rápido" al tiempo que recordó un aspecto no menor: que se "requiere de un fuerte compromiso político y de toda la sociedad argentina" para cumplir con el programa que presentó Cambiemos.
El día del anuncio el gobierno convocó a una reunión de urgencia a la CGT, quien solicitó una serie de compromisos entre los que se incluye la no modificación a la Ley de Contrato de Trabajo (una de las reformas institucionales clave por las que bregará el Fondo) y la reapertura de paritarias cerradas este año sin techo alguno para la negociación. Del otro lado de la mesa está la convocatoria al paro nacional.
Al día siguiente del anuncio, que mostraba un "espaldarazo de la comunidad financiera internacional" según sostuvieron algunos analistas, el dólar saltó nada menos que 40 centavos. Sin intervención del Banco Central en el mercado pero con participación del Nación. El sector privado no reflejó tal confianza, la creencia: van a entrar dólares pero no van a dejar de irse.
La sociedad aún no ha pautado las metas macroeconómicas y otras cuestiones institucionales que involucra el acuerdo con el Fondo. Estas deberán ser aprobadas por el Congreso de la Nación en la negociación del presupuesto 2019. Eso no luce nada sencillo a la luz de la falta de coherencia de las mismas:
1) El gobierno plantea la reducción del déficit fiscal de -2,7% del PIB programado, aún no alcanzado, para 2018 a -1,3% del PIB en 2019. Se trata de un recorte sanguinario, de -1,4p.p. del PIB que es el doble del ritmo de ajuste promedio de los últimos dos años (-0,7p.p. del PIB). El gradualismo implementado hasta el momento (con subas de tarifas del 1.700% para la luz, 1.200% para el gas y otro tanto en transporte y comunicaciones costeadas únicamente por los consumidores) habría sido insuficiente.
2) La proyección de crecimiento económico disminuye de 3,4% en el primer trimestre de 2018 a 1,4% para todo el año. Una bruta recesión en nombre de la sinceridad ideológica.
3) Metas de inflación incalculables para este año (¡!). A sabiendas que incumpliría, el gobierno abandonó la meta de 15% de inflación (propuesto en paritarias) para este año y repuso un objetivo del 20% anual recientemente dejado de lado. El relevamiento de proyecciones estadísticas del sector privado que realiza el Banco Central apunta una inflación del 27% anual para 2018. En el acuerdo con el Fondo, el gobierno pronosticó una inflación del 17% para 2019 y de allí reducir la meta 1p.p. cada año (pero entre 2018 y 2019 bajaría 10p.p.!!).
Demasiado poco serio.
Y anticuado.
La receta del (nuevo) Fondo Monetario Internacional (que podría incluir una cláusula en el acuerdo para no modificar las asignaciones por hijo y por embarazo) tiene las mismas características que los varios acuerdos stand-by que firmó Argentina a lo largo de su historia: desde el gobierno de facto de JM. Guido en 1956, la dictadura militar, Alfonsín, Carlos Menem, Fernando de la Rúa, sumados el blindaje y el mega-canje para salir de la Convertibilidad. Todos ellos acabaron en una brutal recesión a costa de fomentar el endeudamiento externo: negociado de unos pocos a costa de la población argentina.
El FMI y Cambiemos dicen "el principal flagelo de la Argentina es la inflación" (es cierto que los procesos de crecimiento económico con distribución equitativa de la riqueza conllevan ese problema) y la solución radica en achicar el déficit fiscal (que si bien contribuye a la suba de precios, de ninguna forma es su principal causa). El resultado fue y será una recesión inhumana que obviamente detendrá el aumento de precios, un país en ruinas. Los gobiernos impopulares son exitosos para frenar la inflación pues no titubean en disciplinar a la clase trabajadora con desempleo y en desmantelar "las redes de contratos sociales que transfieren ingresos de una franja de ricos a pobres y de jóvenes a viejos" que involucra el gasto público.
Las últimas palabras fueron tomadas de una entrevista del diario La Nación a Pablo Gerchunoff, quien acierta al indicar que "El gobierno tiende a mostrarnos un problema de naturaleza puramente fiscal cuando tenemos un problema de patrón productivo". El mismo radica en la incapacidad estructural que tiene el país para generar los dólares que necesita ya sea para comprar productos o servicios importados, para devolver utilidades a las empresas trasnacionales que operan en el territorio y desean enviarlas a sus casas matrices, ya sea para pagar vencimientos de deuda externa. Ese último item, olvidado durante los años del kirchenerismo, volverá a tomar relevancia: el diario Ámbito Financiero estimó en USD 55.000 millones los vencimientos de capital e intereses por la deuda externa de aquí hasta fin de 2019.
"El primer problema fue el diagnóstico sesgadamente fiscalista y la subestimación de los desequilibrios externos" aclara Gerchunoff al evaluar al gobierno. Es claro que el préstamo del FMI viene a suplir la falta de dólares, como tantas veces en la historia argentina y pese a la retórica discursiva del gobierno. El mismo se acordó en la tercera semana de corrida cambiaria, cuando el Central llevaba perdidos más de USD 10.000 millones de las reservas para contener al dólar. El stand-by viene a engrosar las reservas del Central para mitigar futuras depreciaciones de la moneda, se mantendrá una "flotación administrada" del tipo de cambio aclaró el jueves Sturzenegger.
Pues bien, no resulta insensato el comportamiento de privados al pasarse a dólares: el déficit externo ascendió a -4,6% del PIB en la era Macri, quien sobredimensionó la confianza en la lluvia de inversiones para contrarrestarlo. Esos capitales especulativos tomaron sus ganancias cortoplacistas y se fueron para no volver. No hubo una sola política pública destinada a sosegar el desequilibrio en las cuentas externas, solo el préstamo con el FMI: un costoso manotazo de ahogado.



