El niño es por naturaleza un explorador incansable. Ama tocar todo, ver todo, conocer todo, sentir todo con sus manos, investigar y descubrir. Para ello necesita moverse, subir, bajar, trepar, entrar, salir…una y otra vez. El movimiento en la niñez esta íntimamente relacionado con el aprendizaje, a partir de la exploración mediante el juego, es que logra incorporar esos objetos a su mundo y así ampliarlo.
Muchas veces los adultos creen que ese impulso debe ser refrenado, y hasta son consideradas carac-terísticas molestas el meterse en todo, manosear, tirar y desordenar. El niño se transforma en un perturbador de la paz. Pretendiendo que se quede quieto, al tiempo que se asocia en muchos casos la inmovilidad con la bondad, y en ocasiones se recurre a la utilización de la tecnología para tal fin. Así vemos niños que permanecen durante largas horas frente al televisor, a dispositivos móviles o tablets, yendo en contra del instinto que manda tocar y desplazarse para conocer.
Este investigador nato búsca, recorre, observa, analiza, toca y por medio de esas acciones se produce la magia del aprendizaje en contacto con los objetos. Por ello es necasario rescatar el valor positivo del movimiento en los niños y alentarlo. Ya que en esos momentos suceden transformaciones a nivel psicológico y fisiológico que contribuyen al desarrollo.
El cerebro humano se modifica en relación con el entorno, por eso proponele a tu hijo juegos al aire libre, en lugares donde pueda intercambiar experiencias con otros niños, aprender, desarrollar hábitos sociales y empatizar con otros.
El niño al jugar y desplazarse por el espacio mediante el movimiento, genera neurotransmisores como la serotonina, la noradrenalina y la dopamina que benefician la atención y la motivación. Así como también se estimula el desarrollo de nuevas neuronas en el hipocampo, y el fortalecimiento de las conexiones neuronales que facilitan la memoria y el aprendizaje; aumenta la vascularización cerebral que posibilita la llegada de nutrientes y oxígeno.
Podemos decir entonces que el movimiento pone a los niños de buen humor y atraviesan una sensa-ción de calma que permite luego conciliar mejor el sueño y regular la ingesta de alimentos, entre otras cosas. Por todo esto ademas se reduce el nivel de stress, la ansiedad y repercute de forma be-neficiosa en la motivación.
En contacto con la naturaleza desarrollan la creatividad, mejoran la concentración, la memoria y los procesos de aprendizaje. Se desarrollan y robustecen nuevas redes neuronales, mejora la plasticidad sináptica, es decir, fortalece las conexiones neuronales que garantizan el aprendizaje.
La actividad también ayuda a desarrollar los huesos, músculos y articulaciones manteniéndolos en forma y previniendo la obesidad. Fortalece los órganos internos, el sistema cardiovascular y el sis-tema inmunológico.
Ademas ninguna descripción, ni ninguna imagen de un libro pueden sustituir la contemplación de la naturaleza y de la vida a su al rededor. Los niños aprenden explorando el entorno. Proponele activi-dades como juntar hojas, piedras, observar insectos y buscar colores en el ambiente. Y por sobre todas las cosas, permitile que explore libremente.
Vargas Ivana Cecilia / Lic. en Ciencias de la Educación Psicopedagoga
Imagen ilustrativa, selección del editor.



