Había llegado el día. El fatídico día. Me iban a extirpar la muela de juicio. Esa estúpida muela que solo sirvió para complicarme la vida: infección tras infección; antibiótico tras antibiótico. Años y años volviéndome loco con puntadas paralizantes. Un puñado de dentistas intentaron salvármela y yo les hice caso. Con el tiempo aprendí que hacerle caso a un dentista es un acto suicida.
Pero hubo un día en que no aguanté más. Corrí al consultorio del Doctor González y le pedí a gritos que me la extirpara. "Primero tomate esta caja de antibióticos y en una semana te la saco", me dijo, con una seriedad aterradora.
La semana pasó volando. Ese día me desperté a las cinco de la mañana. El turno era a las nueve. Las manos me temblaban y el corazón me daba terribles golpes en el pecho. Me imaginaba sentado en el sillón, con la boca abierta, observando la pinza. Esa pinza que debía ingresar en mi boca, apretar la muela y quitármela de un tirón. Cada vez faltaba menos. Una lágrima recorrió mi mejilla. Y un poderoso insulto dirigido al Doctor González retumbó en el comedor. "¿Valdrá la pena sacarme la muela?", me pregunté. Yo sabía que la respuesta era afirmativa. Aunque mi eterno pánico a los dentistas me obligaba a replanteármelo.
Me cambié y salí. Caminé lento. Los temblores, ahora, eran en todo el cuerpo. "Al menos hoy no va a sonar el torno", pensé, intentando darme ánimo. Sin embargo, la pinza era un poco más agresiva que el torno. Y yo lo sabía.
Me acomodé en la sala de espera. La secretaria me preguntó varias veces si me sentía bien. Le mentí, claro. Un sudor helado me bañaba la frente y tenía la boca seca. Y cuando la puerta del consultorio se abrió, me tuve que contener para no vomitar.
Me senté en el sillón, abrí la boca y sentí el pinchazo de la anestesia. Un pinchazo fuerte, pero yo sabía que no era nada en comparación a lo que se me venía. González agarró la pinza y me pidió que abriera la boca lo más grande posible. Le obedecí. Pensé en cerrar los ojos y me arrepiento de no haberlo hecho. La pinza era enorme.
"Está muy agarrada", se quejó el doctor, mientras tironeaba con furia. "Hágalo rápido", intenté decirle. Los ruidos de la pinza chocando contra mis muelas me hicieron estremecer. Y el tironeo aún más.
Juro que no quise hacerlo. Simplemente me salió. Me hubiese encantado no quitarle la pinza ni estampársela en la nuca. Creo que su cráneo se terminó de partir con el quinto golpe. Repito: simplemente me salió. Y la muela de juicio sigue dándome puntadas.
Augusto Dipaola
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