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» Este artículo corresponde a la Edición del viernes, 22/sep/2017 de La Auténtica Defensa.

Desesperación
Por Augusto Dipaola




Cuando Horacio comenzó a escribir, años atrás, nunca creyó que sus cuentos lograrían tanta popularidad: premios a montones; editoriales peleándose por tenerlo; entrevistas en diferentes medios. Y todo le había sucedido en muy poco tiempo. Hasta se animó, después de meditarlo unos meses, a dejar su histórico empleo para dedicarse de lleno a la literatura. "Renuncio", le dijo a su jefe, además de darle un esponjoso escupitajo en la cara.

Horacio era feliz. Le gustaba salir a caminar por la ciudad y detenerse en las esquinas para charlar con los vecinos. "Cuantos años perdí en la fábrica. Tendría que haberme dedicado a esto mucho antes. Me esclavizaron como a casi todos los habitantes de este pueblo", pensaba habitualmente.

Pero hubo un día en que las cosas cambiaron. Una fresca mañana de septiembre, Horacio se dio cuenta de que ya hacía más de dos años que las editoriales no lo llamaban. Tampoco estaba dando entrevistas, y, además, cada cuento que mandaba a concursar, ni siquiera era mencionado. "¿Estaré perdiendo la magia?", se preguntó.

Luego de preocuparse (una preocupación lógica), decidió quedarse en su casa hasta crear el mejor de sus cuentos. Llenó la heladera y se encerró con llave. "No voy a salir hasta volver a ser el de antes".

Pasó meses y meses encerrado. Todos los días abría un archivo en blanco y empezaba un cuento que para la noche quedaba descartado. "Perdí la magia", gritaba cada tanto. Aunque lo que sí había perdido, era el apetito. Estaba tan obsesionado con escribir, que se olvidaba hasta de comer. En pocas semanas perdió tanto peso que las costillas le saltaron como a las vacas muertas y medias podridas en el campo.

Además de llenar la heladera, había comprado infinidad de cartones de cigarrillos. Pero cuando se le acabaron, a los sesenta días, comenzó a fumar te: rompía los saquitos y envolvía el contenido en una servilleta de papel.

Su aspecto, poco a poco, se fue demacrando. Más que un escritor exitoso, parecía un hombre desesperado y al borde del colapso. Se olvidó por completo de la vez que, en un evento, un escritor muy influyente le había dicho: "Los bloqueos son parte de nuestro trabajo, pero se van solos".

Horacio se colgó, sí; destrozó su garganta con una gruesa soga que guardaba en el sótano. Lo encontró un vecino, tras romper la cerradura luego de sentir olor a podrido durante varios días. En el suelo de la habitación se hallaban montones de cuentos inconclusos. Varios de ellos, los mejores que había narrado en su vida.

Augusto Dipaola / Facebook: "Cuentos oscuros para niños dementes"


 
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