Cerraron 49 medios de comunicación en Venezuela, en lo que va del año. Digo mal, los cerró el gobierno de Nicolás Maduro, ya que los diarios no se cierran solos. La dictadura del apóstol de Chávez no sólo ha silenciado las voces en su contra, sino que dejó a cientos de familias sin trabajo y a lectores sin sus referentes habituales para colaborar con el ejercicio del pensamiento democrático.
¿Qué hace que un dictador quiera enmudecer a los opositores? El miedo. Miedo a que se conozca la verdad de sus pensamientos más secretos, a que se revelen las trampas del poder, a que se descubra el rostro de sus aliados, pero sobretodo, miedo a perder la corona de cotillón que pintó de dorado y porta con orgullo sobre su cabeza. La Revolución Bolivariana, que empezó como un grito de libertad de un pueblo empobrecido (dueño del suelo que contiene el 70% de la plataforma petrolífera de todo el continente sudamericano) agoniza sin pan y sin trabajo, con el pueblo dividido y con índices de desempleo nunca antes vistos.
Los gobiernos populistas del millenial latinoamericano han dejado mucho que desear. La izquierda encontró la veta del discurso intelectual gramsciniano, pero actuó como la peor de las monarquías decadentes del siglo XIX, hundiéndose con sus tesoros mientras cruzaban los ríos portando el tesoro robado. Maduro se comporta como el rey chimpancé del Libro de la Selva, sin tomar en cuenta que del ridículo no se vuelve. Y que por cada periodista que el tirano calla, lo dice la Historia, se enciende una hoguera.
Fabiana Daversa. Foto: Alejandra Lopez



