El turismo lo está destruyendo todo. Venecia se hunde con los treinta millones de visitantes por año. La rambla de Barcelona parece un corso a contramano y subir a la Tour Eiffel se transformó en una pesadilla de Freddy Krueger. Viajar otorga status. Es análogo a tener la casa en la playa en los años noventa o el cero kilómetro en los dos mil. El recorrido es lo de menos, importan las selfies y las fotos colgadas en las redes sociales. El qué dirán. He escuchado quienes recorrieron Nueva York en un día y las islas griegas en quince minutos.
La banalización del turismo prostituye las ciudades, ensucia los parques y destroza la vida de los habitantes que lucran con la invasión de sus centros históricos y huyen a las afueras, convirtiéndolas en un envase vacío.
Así cómo en los ochenta las agrupaciones ecológicas avisamos qué sucedería con el calentamiento global, enseñábamos a reciclar los residuos y conscientizábamos sobre el ahorro energético ante la mirada socarrona de la mayoría, me atrevo a sugerir a la ONU que proclame alerta rojo a causa de la invasión de los bárbaros del siglo XXI. Es fundamental que se difunda un protocolo de Turismo Responsable para que podamos preservar los sitios históricos, sin que se transformen en shopping centers. El que no lo cumpla, que sea multado en la moneda del país que no supo respetar.
Fabiana Daversa. Foto: Alejandra Lopez



