Colocó cuidadosamente sobre la mesa, las primero cuatro cosas que encontró a mano, mirando de acomodarlas de manera tal, de que cada objeto cumpliera con una función específica en la explicación que intentaría hacerle a su padre.
Puso un llavero con las llaves de la casa, inmediatamente a la izquierda de su mano izquierda, previamente apoyada sobre el mueble mencionado.
Luego tomó un lápiz labial de su madre, de color rojo carmesí, como esos que suelen usar las mujeres de vida agitada, no siendo este el caso; un destornillador que había sido usado por su progenitor hace unas horas atrás y un cenicero de vidrio redondo, que alguien había llevado a la casa como souvenir de un boliche bailable.
Este último, quedó ubicado en el centro del círculo imperfecto, formado por los artículos mencionados anteriormente y presentados sobre el rectángulo cuadrúpedo de madera.
-¡Esto es Internet!, dijo Raúl, convencido de la cara de sorprendido con la que lo miraría su padre en los segundos posteriores.
Lo explicó, como se le explica a un niño de cuatro años; qué era la aldea global y cómo funcionaba algo tan extraño, que en algunos casos utilizaba líneas telefónicas y en otros no; de cómo inclusive, algunas personas podían hablar en tiempo real, por medio de la escritura representada por un par de herramientas llamadas teclados y monitores donde danzaban números binarios.
Cada uno de los objetos colocados sobre donde comían cada mediodía y cada anochecer; excepto el cuarto objeto, representaba alguna persona con una computadora en algún lugar del mundo, fuera o dentro de nuestro país o fuera o dentro de este continente.
El artículo centrado, el cenicero, era Internet, la aldea global: un lugar en el mundo, que en realidad no existía. En ese lugar se guardaba información sobre todo lo que la mente humana puede imaginar, ya que esa es la medida de la capacidad física con la que cuenta la aldea.
Ese cenicero, es consultado por millones de objetos colocados sobre la mesa, que momentáneamente llamaremos planeta tierra.
Además de consultar, entre otras tantas cosas, los utilitarios pueden escribirse cartas, enamorarse y comprar lo que les plazca, inclusive ser dueños de lugares paradisíacos que no existen.
Es difícil de creer, pero muchos de los cibernautas parecen adquirir otra personalidad y se comportan de manera diferente ante sus pares, que también suelen resguardarse del otro lado de la pantalla. Quizá el hecho de que no en todos los casos se pueda ver quien está del otro lado, entra en juego la fantasía, inacabable fuente de recursos para que miles de historias diferentes puedan reinventarse, vivirse y compartirse.
Raúl creyó haber sido buen maestro con su padre hasta que una pregunta sin respuestas se abalanzó como trueno: ¿Y quién los controla?.
¿Cómo quién los controla? dijo Raúl por decir algo. Pero no hubo respuesta inmediata.
Su padre, que no sabía mucho de esto, sacó su pie derecho del espacio que hay entre las cuatro patas de la mesa, y con la presión vertical que se ejerce con la punta del dedo gordo de ese mismo pie, elevó el resto del cuerpo, parándose de forma inmediata. Con la cabeza baja y balbuceando se retiró caminando hacia el patio, cubriéndose del sol, bajo el parral de la casa.
¨Los hombres son buenos, pero si se los controla son mejores, decía el General¨, gritó el viejo desde la sombra, mientras perseguía con la máquina de ¨fly¨ a las mosquitas blancas que arrasaban con la planta.
Su hijo no le contestó, dejó que su padre quedará con la última palabra. Después de todo la discusión se centraría en otra cosa, el padre ya había entendido lo que el quería que entendiera, con cuatro cosas dispuestas sobre la mesa, había interpretado el funcionamiento complejo de la aldea global, y lo había asimilado como lo hizo aquella vez con la ciencia del control remoto.
Hoy no discute si un haz de luz llega hasta el televisor o no, quizás se preocupe más por lo que miramos en esa pequeña ¨caja boba¨, que en algún momento apareció en blanco y negro y ahora ya viene a todo color, con un espesor similar al que conforman tres monedas de veinticinco centavos apiladas una encima de otra.



