Suele decirse que "somos lo que comemos". Seguro viste artículos en revistas titulados con alguna frase similar, y también circulan por Internet varias frases derivadas que hacen referencia al hecho de que lo que comemos es muy importante en nuestra vida y particularmente en nuestra salud. De hecho, estas cosas suelen escribirlas quienes están obsesionados con la idea de lo "saludable" y piensan que alimentarse es tan solo una función biológica que demanda nutrientes que hay que incorporar.
Todos sabemos que eso es obvio. Nuestras células necesitan nutrientes para el cumplimiento de sus funciones vitales. De eso no cabe ninguna duda. Y también es muy claro que en gran medida nuestra salud y calidad de vida depende de lo que comemos. La propia Organización Mundial de la Salud presupone que el 80% de las enfermedades están directa o indirectamente relacionadas con el modo en que nos alimentamos. Y también dice que el 30% de los cánceres podrían ser evitados si llevásemos una alimentación más saludable que la actual. Y ni hablar del sobrepeso y la obesidad, que hace estragos a nivel mundial, afectando a alrededor del 40% de la población. O muchas de las actuales cardiopatías y diabetes.
Y ampliando la mirada anterior, también es importante considerar que nos alimentamos para satisfacer otras necesidades. Las de carácter psicológico y cultural. Hemos dicho en varias ocasiones que la alimentación juega roles muy importantes en la conformación de las singularidades y ha sido, a lo largo de toda nuestra historia como especie, una de las principales instancias de socialización. Sin dudas la alimentación es un poderoso motor evolutivo y civilizatorio. Hasta acá, entonces, estamos de acuerdo con el hecho de que "somos lo que comemos". En todos los sentidos.
¿Y por qué no pensar, también, al revés?
Nuestra mente suele tender a las simplificaciones, a las polarizaciones y a definiciones binarias en las que las palabras o enunciados que suponemos contrapuestos se enlazan con una "o". O es una cosa o es la otra. Tener rápida respuesta reduce la incertidumbre, claro. Pero también elude la posibilidad de modos de pensar alternativos y superadores. Pocas veces nos tomamos el trabajo de buscar grises y de colocar una "y" allí donde solemos siempre poner una "o".
Definitivamente "somos lo que comemos". Pero también "comemos lo que somos". E incluso arriesgaría más. Que entre los dos enunciados hay una relación de causalidad en favor de la segunda expresión. Dicho de otro modo: somos lo que comemos porque comemos lo que somos.
¿Qué significa que "comemos lo que somos"?
Por supuesto que aquí valen todas las definiciones que bien han dado la sociología y la antropología social, en el sentido de que lo que comen las personas está definido en buena medida por cuestiones de pertenencia a una clase social, a determinado estrato socio-económico, o a grupos de pertenencia (en cuyo caso la determinación es más "cultural" que económica). Sería tan interesante como extenso ahondar en este tema.
Sintéticamente, quedémonos con el hecho de que a lo largo de la historia la alimentación estuvo fragmentada de acuerdo con las posibilidades de acceso a la comida y a lo que ésta representaba simbólicamente. Había "menús" según el grupo al que se pertenecía. Comida de reyes, comida de plebeyos, comida de mendigos. Aún hoy es así: menú ejecutivo, menú al paso. O simplemente snacks para "engañar" al estómago.
Pero el punto más interesante de esta "segunda parte" tiene que ver con las determinaciones alimentarias de orden familiar (entendiendo por familia a la "familia grande", al "clan"). Es decir, a las determinaciones que nos impone nuestra propia historia alimentaria familiar (al menos la vivida por las últimas 4 generaciones).
Además de las determinaciones genéticas que heredamos de nuestros ancestros, cada "clan" acumula mucha información que se transmite de generación a generación. Aprendizajes, tradiciones, costumbres, tabúes, mitos, legados y muchos otros canales a través de los cuales la información alimentaria es transmitida. Siguiendo al poco reconocido psicólogo Carl G. Jung, podríamos decir que hay un "inconsciente familiar" y un "inconsciente colectivo" alimentario. Y que esta información nos condiciona tanto o más que las determinaciones sociales, ya que podemos acceder a ella y modificarla. Pero, llamativamente, no ha sido un campo de interés por parte de quienes estudian la alimentación y los fenómenos alimentarios.
Esto explica en gran medida uno de los principales problemas que se observan hoy: padres que se quejan de que sus hijos no comen verduras, frutas o pescados. Y cuando se les pregunta qué comen ellos, caen en la cuenta de que nada de eso forma parte de su dieta.
Dr. Fernando Valdivia / Email: fv@fernandovaldivia.com / Sitio Web: www.fernandovaldivia.com



