En la época de Alejandro Magno el mundo empezó a ensancharse. Oriente y Occidente empezaron a mezclar sus lenguas, sus hábitos y la corte de Macedonia le pidió al joven que les trajera un verdadero sabio de la India, un sannyasin, cuando regresara de sus conquistas. Estaban curiosos por conocer ése fenómeno que se produce sólo en la India. Un hombre que abandona el mundo material y se instruye desde el conocimiento del cielo, sin pertenencias, casa o familia.
Alejandro estaba a punto de regresar, luego de haberle ganado la guerra a Darío de Persia y, justo en la frontera de los dos países, se acordó del pedido de sus súbditos. Dio la casualidad que ahí, en la región, bendecía a la gente un tal Dandamis. Sin titubear, pidió a sus soldados que fueran a buscarlo para llevarlo consigo y seguir viaje lo más pronto posible.
Cuando los guerreros vieron al sannyasin al borde del río, barbudo y sin ropa, creyeron que era un mendigo. Le dijeron que el hombre más poderoso del mundo quería llenarlo de regalos y darle una buena vida, a lo que el sabio contestó:
Digan a su jefe que el que se llama a sí mismo magno no puede serlo. Y que todo es un regalo. Tampoco puede darme la mejor vida, porque ya la tengo.
Ante el fracaso de sus hombres, el mismo Alejandro fue a ver al faquir, ya con la espada desenvainada. El sabio retrucó: _ Guarde su espada porque aquí no le servirá de nada. Sólo herirá mi cuerpo, al que ya abandoné. Cuando vea mi cabeza rodar sobre el piso le estaré agradeciendo el favor que me hizo.
El rey volvió fascinado. Había encontrado a un hombre sin miedo, sin ataduras ni pertenencias. Dice la leyenda que se hicieron amigos y que Alejandro viajó a ver a Dandamis varias veces. Algo de realeza tenía el sabio. Algo de sabiduría tenía el rey.
Fabiana Daversa. Foto: Alejandra Lopez



