Estados Unidos encarnan la totalidad de América, pero no lo son. Venden productos culturales como si fueran caramelos surtidos, pero son agentes formateadores de opinión. Sus liquidaciones enloquecen a los viajeros frecuentes, sus crisis hacen temblar a los mercados. Sus hamburguesas, símbolo de un país, engordan a los seres humanos como si fueran ganado. Sus gaseosas, digno brebaje para acompañar el desastre calórico de un combo mac, es la segunda bebida en consumo después del agua. Cuanto a su espiritualidad, ni hablar... Fueron los creadores de la iglesia electrónica, fenómeno que se extendió por el mundo al igual que los 36.000 Mac Donalds desparramados por el globo terráqueo. Un fast food religioso, con sesgo protestante, en dónde se puede encontrar todo lo que busquen en nombre de Dios y los libere de culpa y cargo: el pastor millonario, la sacerdotisa que profetisa en nombre de Jehová, el líder religioso que decide tener el harén con dieciocho mujeres y por ahí va. Y no nos olvidemos de la new age, en dónde los autores hablan con el mismísimo Creador, visitan ciudades intraterrenas, enseñan fórmulas para un rápido y furioso enriquecimiento, promoviendo la ilusión de una disneylandia interminable, en dónde querer es poder.
Panópticos, no crean que soy enemiga de nuestro primo rico. Consumo sus medicamentos, utilizo sus avances tecnológicos y viajo en sus aerolíneas. Pero les pido un poco de amor a lo propio. Parodiando a León Gieco, sólo le pido a Dios que la guerra cultural no me sea indiferente y podamos reaccionar, ante sus certezas, con un poco más de discernimiento.
Fabiana Daversa. Foto: Alejandra Lopez



