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» Este artículo corresponde a la Edición del domingo, 30/abr/2017 de La Auténtica Defensa.

¿Quién controla lo que comemos?
Por Dr. Fernando Valdivia






Fernando Valdivia

Hace unos días, apareció una investigación donde se informaba que el salmón rosado consumido en Argentina, en su mayoría proveniente de Chile, "presenta residuos de antibióticos superiores al límite permitido por el CODEX Alimentarius Internacional (Código Alimentario) que pueden provocar consecuencias negativas en la salud de quienes los ingieran". El trabajo proviene de una universidad privada y su metodología ha sido cuestionada. Ahora, ¿qué papel juega el Estado en el control de los alimentos que consumimos?

Se llama Sistema Nacional de Control de Alimentos al entramado de organizaciones públicas encargadas de "velar" porque los alimentos sean inocuos y aptos para su consumo, dando cumplimiento a los requerimientos de las normas propias y la de aquellos mercados para los cuales los alimentos que se producen tienen destino.

En principio, hay dos grandes organismos públicos a nivel de la jurisdicción nacional: el Instituto Nacional de Alimentos (INAL), dependiente del Ministerio de Salud (bajo la órbita de la ANMAT) y el SENASA (Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria), dependiente del hoy Ministerio de Agroindustria, regidos por las normas del Código Alimentario Argentino (que es una Ley nacional) y en consonancia con las reglamentaciones surgidas de los acuerdos internacionales, como las del MERCOSUR.

Es un sistema extremadamente complejo ya que, además de la división "nacional", la misma estructura bifronte se repite en cada una de las provincias, que son las que conservan el poder de policía en lo relativo al control de los alimentos que se consumen dentro de nuestra frontera. Dicho de otro modo: cada provincia tiene también dos ministerios (o áreas creadas a tales fines) encargadas de fiscalizar los alimentos, en un esquema muy similar al descripto para el nivel nacional (que, no lo dije antes, pero es el encargado de controlar las exportaciones e importaciones y definir los lineamientos de política a los que luego las provincias pueden adherir).

En un tercer nivel, hay muchos municipios que vuelven a repetir este modelo binario de control. Por lo general, los municipios de más de 10.000 habitantes van armando su propio esquema de controles sanitarios. Como si esto fuera poco, hay otras acciones públicas que se realizan localmente, como el cobro de las tasas de abasto o las habilitaciones locales. Algunos municipios conservan sus viejos "departamentos de bromatología", mientras que otros armaron nuevas estructuras de "control urbano", en las que metieron todo dentro de una misma bolsa (desde el control de un auto mal estacionado hasta la presencia de bromato en el pan, sin escalas). Lo que venga.

Adicionalmente, a toda esta gran maraña institucional hay que sumarle otros organismos, como los de control de comercio y los de educación, los cuales, si bien no tienen injerencia directa en el control de los alimentos, también intervienen en temáticas que afectan a los productores y consumidores.

Es decir: cientos de oficinas, desde gigantes hasta pequeñas, distribuidas a lo largo y ancho del país, con miles y miles de empleados que en muchos casos no tienen claro siquiera cuales son sus funciones, no por incapacidad, sino porque hay normas que se superponen, hay espacios "vacíos" que nadie controla, casos en los que se delegan funciones mientras que en otro no, y diferentes niveles de formación profesional y equipamiento técnico, entre muchas otras diferencias.

Como sistema, un verdadero caos administrativo y burocrático. Aún así (o quizás debido a ello) este gigantesco aparato no logra, ni por asomo, controlar la mitad de los alimentos que circulan en muchas cadenas productivas.

El problema es muy complejo pero las soluciones no son de otro planeta. Con situaciones similares se han enfrentado otros países del mundo y han podido resolverlos. Claro que para ello se requiere del compromiso político de efectuar las reformas administrativas y las reingenierías organizacionales adecuadas para ser eficaces y eficientes. Y también la de generar los incentivos adecuados para que, quien produce alimentos, se vea alentado a realizar mejoras que redunden en beneficios para su negocio y de los consumidores.

Lamentablemente, si nos detenemos a analizar todo lo que se ha venido realizando en las últimas décadas, podemos ver claramente que no estamos yendo en la dirección correcta.

Dr. Fernando Valdivia / Email: thefoodplannerarg@gmail.com / Twitter: @thefoodplanner / Facebook.com/foodplanner


 
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