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» Este artículo corresponde a la Edición del domingo, 16/abr/2017 de La Auténtica Defensa.

La publicidad de alimentos y los niños
Por Dr. Fernando Valdivia






Fernando Valdivia

"Alimentos y bebidas" es una de las principales categorías de la industria publicitaria y representa la quinta parte del total de las publicidades dirigidas a niños.

No podemos, entonces, pasar por alto el gran debate que existe desde hace un par de décadas en torno a la obesidad como epidemia global y su fuerte correlación con el consumo de alimentos de bajo valor nutricional, en general alimentos procesados y con cantidades de azúcar, grasas, harinas y sodio muy superiores a las recomendadas por la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Este debate, por cierto, no deja margen a ninguna duda respecto de que la principal causa de dicha epidemia de obesidad está relacionada con las ventas de esto que se conoce como "comida chatarra" (postrecitos, bebidas azucaradas, golosinas, snacks, etc.). Su impacto negativo en la salud de los más chicos es algo que está muy bien documentado. Lo que aún no resolvió este debate es qué hacemos cuando sabemos que el 85% de las publicidades que se pautan en las tandas de los programas infantiles tiene que ver con este tipo de productos.

Los modelos publicitarios son casi siempre los mismos: composición de jingles pegadizos, alguna celebridad o construcción de personajes animados que generan empatía y sentido de pertenencia. En todos los casos, además, se suman actividades promocionales como concursos y premiaciones en las que el incentivo está puesto en el consumo. A mayor consumo, mejor o más grande será el premio.

También existe suficiente evidencia que muestra la correlación entre la publicidad de alimentos no saludables orientados a chicos y la demanda de compra que estos realizan por sí mismos o por intermedio de sus padres. Dicho de otro modo: a mayor cantidad de publicidades de alimentos no saludables, mayor es el consumo de esos productos por parte de los niños. Bastante obvio.

Si contrastamos lo anterior con los resultados de las encuestas nacionales de nutrición y salud, la realidad es aún más alarmante. La obesidad y el sobrepeso no detienen su marcha epidémica afectando a niños de cada vez más corta edad, representando también un problema en la adolescencia.

Un estudio realizado recientemente por la Organización Panamericana de la Salud/ Organización Mundial de la Salud (OPS/OMS) muestra este flagelo en dimensiones dramáticas: un niño que mira 3 horas diarias de televisión está expuesto a 61 publicidades de alimentos de bajo valor nutricional por semana. El estudio se concentró en la oferta mediática de Argentina, pero puede extrapolarse perfectamente a cualquier país de la región.

En dichos programas de audiencia infantil, las categorías más publicitadas fueron: los postres (23,3%), los lácteos (16,2%), las bebidas azucaradas (13,2%), las cadenas de comida rápida (12,5%) y los snacks salados (7,9%). Ninguno de estos alimentos entraría en una lista de alimentos saludables y por tal razón, las recomendaciones de la OMS fueron, precisamente, que los gobiernos tiendan a poner restricciones a la publicidad de alimentos y bebidas dirigidas a niños.

Un problema adicional con los niños, especialmente los más pequeños, es que entienden las publicidades de manera literal y por eso requieren del acompañamiento de los mayores para poder decodificar sus mensajes. En una promo de raspadita creen que solo hace falta raspar para ganar. Si tenés hijos es algo que seguramente has podido experimentar.

La contracara de este fenómeno es el escaso compromiso o desconocimiento por parte de los mayores respecto de cómo organizar la alimentación familiar para que esta sea saludable y placentera (ambas, no una o la otra). Al no existir una organización alimentaria adecuada que reúna las dos características, se inicia un círculo vicioso que termina siempre con el fracaso. Lo que suele suceder es alguna de las siguientes cosas:

1) Padres que creen estar bien informados y llevan adelante una alimentación que suponen saludable cuando no lo es y someten a sus hijos a restricciones innecesarias o les hacen llevar una alimentación aburrida.

2) Padres que por desinterés o desconocimiento llevan adelante una alimentación muy restringida en variedad, basada en productos panificados y con escasa incorporación de frutas y verduras.

Lo llamativo es que, pese a las diferencias, en cualquiera de los dos casos la influencia de la publicidad es determinante, razón que nos lleva a pensar que la única vía para construir hábitos saludables y placenteros es recuperando la diversidad alimentaria que hemos perdido. Un buen dato a tener presente es que los alimentos saludables suelen no tener ningún tipo de publicidad.

Dr. Fernando Valdivia / Email: thefoodplannerarg@gmail.com / Twitter: @thefoodplanner / Facebook.com/foodplanner


 
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