Corría el año 1983, hacía poco habíamos perdido la guerra de Malvinas, la desazón por lo ocurrido y la euforia por lo que estaba por suceder, el comienzo de la democracia, marcaban los aires de ése tiempo.
Un matrimonio con una hija de nueve años la deja viajar por primera vez con su abuela a Río de Janeiro. Alicia era una niña inquieta pero prometió a sus padres que se iba a portar bien. La familia las despidió en el aeropuerto de Ezeiza, todo parecía ir sobre rieles cuando a los tres días su madre tuvo una corazonada en medio de la mañana. Un acceso de llanto inesperado, un momento inexplicable. De inmediato trató de llamar al hotel dónde se alojaban su mamá y su hija. No era tan fácil comunicarse por teléfono en ésos tiempos. Con insistencia logró hacerlo, hablar con el lobby del hotel. Las huéspedes no estaban en la habitación, ya se habían ido a la playa . Al contrario de lo imaginado, la angustia creció más y más. Mientras tanto, en el departamento de al lado una señora vecina había pedido la visita de un sacerdote para que le diera la Unción de los Enfermos a su marido que sufría de los pulmones. En un intento de distraerse y tomar un poco de aire, la mujer angustiada salió y se los encontró a ambos en el pasillo. No pudo evitar sorprenderse y largarse a llorar mientras le contaba su historia al padre. Desahogarse. Éste pidió entrar a su casa, la bendijo y puso la niña en manos de la Virgen del Perpetuo Socorro. Dijo que confiara, que todo estaría bien. Que tuviera fe.
A la tarde recibió un llamado de Brasil. En el mismo momento en el que sucedía la escena del relato en Buenos Aires , Alicia se estaba ahogando en la playa de Leblon. Lograron rescatarla los bañeros sin signos vitales, pero cuando todos creían que nada se podía hacer, la nena abrió los ojos y volvió a respirar.
Fabiana Daversa. Foto: Alejandra Lopez



