Cuando un amigo se va se oscurece una estrella. Sabemos la finitud de la vida y de las relaciones, pero la razón y la emoción no siempre tienen wifi, a veces la comunicación se ve interrumpida por sentimientos enfrentados, política, dinero o simplemente una lógica absurda. Admitimos con más naturalidad una crisis de pareja que el enfriamiento de una amistad.
Una relación sin diferencias no existe, aunque por momentos hayamos conciliado en un ochenta por ciento, nada impide que esa curva baje y vuelva a subir en sus porcentajes. Una relación es dinámica, versátil, propone desafíos y sufre bajas. Es normal que eso suceda. También es natural que uno, por no enfrentarse a ésos cambios, naturalice la parálisis y condene la relación a una silla de ruedas. Nos vemos y ya no tenemos qué decir. Le ponemos cara de piedra para simular cuánto nos interesan sus asuntos y, en lo profundo, queremos estar en otro sitio y el tiempo se hace eterno. Miramos el teléfono celular cada cinco minutos, no nos miramos a los ojos, no nos prestamos atención. Lo criticamos en silencio. ¿ Qué hacer cuando éso nos sucede?
En primer lugar, admitir que existe un problema. Borrarlo no lo solucionará.
En segundo lugar, tratar de rescatar la amistad con una charla sincera, de a dos. Sin lastimar, con cortesía verbal, decir la verdad que brota del corazón.
Y por último, si los argumentos son irreconciliables, dar por cerrada ésa etapa de la relación. Quizá nazca un retoño y se pueda volver a empezar. O no. La cuestión es no someter una bella amistad al deterioro de una agonía simulada.
Fabiana Daversa. Foto: Alejandra Lopez



