Macbeth vuelve con su amigo Banquo del campo de batalla y encuentra a tres brujas. Son las Nornas, tejedoras del destino. Una le dice a Macbeth que será señor de ésas tierras, otra que después de un tiempo será rey y la tercera se dirige a Banquo y remata, pero será tuya la descendencia real que perdurará. Cuando Macbeth pide una explicación sobre sus dichos, las tejedoras se desvanecen en el aire.
Conmovido, le cuenta a su ambiciosa mujer lo ocurrido, que empieza a pensar la manera de hacerlo rey a su esposo. La guerra se define y se cumple la primera profecía, los Macbeth ya son los señores de ésas tierras. Al poco tiempo el rey Duncan de Escocia pide pernoctar en el castillo a causa del mal tiempo para seguir viaje al día siguiente. Lady Machbeth convence a su marido asesinar al rey ésa misma noche, sabiendo que sólo él podría ocupar el lugar del soberano. Lleno de duda y culpa, comete regicidio y así cumple la segunda profecía de las parcas. Pero queda la de Banquo, cómo puede ser que los hijos de su amigo sean reyes en el futuro y no su propia descendencia? Enceguecido por el poder, mata al amigo, pero su hijo logra escapar. No demora el fugitivo aliarse con los demás señores y deponen al rey, que deciden coronarlo. Se cumple la tercera profecía.
Cuentan que Shakespeare tenía especial predilección por ésta obra, ya que Jacobo I, el rey de Inglaterra era descendiente directo de Banquo y el Bardo de Avon su hijo ilegítimo.
La ambición de las parejas que ocupan cargos de poder no es ninguna novedad, existe desde que el mundo es mundo. Pero el lugar que ocupa la visión profética de Macbeth, el cumplimiento del bien común como destino propone un final feliz. En síntesis, el mejor rey es quién menos se la cree.
Fabiana Daversa. Foto: Alejandra Lopez



