Aquí estamos nuevamente para continuar caminando estos caminos de las letras campanenses tratando de iluminar, con las luces de las voces de nuestros escritores, nuestro gusto por la literatura.
Hoy les acerco a un escritor nacido en la ciudad de Punta Alta, provincia de Buenos Aires, quien luego de egresar de la Escuela de Cadetes del Servicio Penitenciario Bonaerense y tras haber cumplido funciones en varias cárceles de la mencionada institución, siendo su último destino la Unidad Carcelaria Nª 21 de Campana donde se desempeñó como Director, supo potenciar el conocimiento adquirido volcándolo en una obra literaria que tituló: "INTRAMUROS"; libro que ha dedicado a: "Todos aquellos hombres y mujeres, que en actividad o en situación de retiro, dedican o han dedicado parte de sus vidas al noble trabajo penitenciario".
En este sábado veraniego les acerco a:
CARLOS ROMERO
Nació en Punta Alta, provincia de Buenos Aires, el 7 de julio de 1960. Durante 33 años sirvió en el Servicio Penitenciario Bonaerense. Es socio activo de Campana Amanecer Literario (C.A.L.).
Actualmente se encuentra trabajando en un libro, próximo a editarse, sobre mitos, leyendas y fantasmas de la pequeña localidad balnearia "Villa del mar", al sur de la provincia de Buenos Aires, donde vivió los mejores años de mi vida (la etapa de la niñez), y por encargo de la Academia Argentina de Letras, un libro sobre léxico tumbero (lenguaje que desde la cárcel egresa a la sociedad en general).
Es Secretario de Cultura del Gremio SINPOPE (Sindicato Policial Penitenciario) que tiene sede en La Matanza y que actualmente forma parte de las 62 Organizaciones.
Publicó la novela "INTRAMUROS", libro que se puede adquirir en librería Byblos o en el kiosco de diarios y revistas de la plaza Costa, donde se vale de un joven delincuente, que ingresa a una cárcel de servicio penitenciario bonaerense, para hacernos conocer una parte del mundo carcelario desconocido por gran parte de la sociedad.
Aquí un fragmento de la misma:
Se acostaba muy tarde por las noches y solía dormir hasta las dos o tres de la tarde. Se levantaba, comía algo de lo que su madre le dejaba preparado y se iba a la esquina a reunirse con jóvenes que sin responsabilidades se juntaban para drogarse, tomar "birra", hablar de mujeres y sobre las grandes hazañas que cometerían para conseguir dinero fácil y comprar "sustancias".
Se creían delincuentes feroces, pero no eran otra cosa que víctimas de las drogas, el desamparo, la falta de educación y de oportunidades. No estudiaban ni trabajaban. Junto a ellos se veían también a grupos de chicas de la misma edad, algunas ya, madres adolescentes o embarazadas. Se criaron en familias donde el Estado, a través de migajas denominados planes sociales, repartía dinero sin tener que dar nada a cambio. Esto, para ellos, se convirtió en algo normal y único proyecto de vida. Rápidamente adoptaron como norma, esta manera fácil de sobrevivir sin buscar el desarrollo personal que les permitiese progresar a través del trabajo, la educación y el esfuerzo. Todo parecía haber sido ideado por mentes siniestras con enormes tintes populistas en el sentido más negativo de la palabra, prometiendo dar soluciones a muy corto plazo, cuando en realidad, la única finalidad era intentar mantener cautiva esa gran franja social para asegurarse sus votos con la compra de voluntades.
La insensibilidad puesta de manifiesto por el gobierno en brindar oportunidades de desarrollo a la gran mayoría de la población, había llevado a muchos de esos "pibitos" a las esquinas, en vez de estar en las escuelas, trabajando o aprendiendo algún oficio. Era una postal que podía verse en cualquier barrio a toda hora. Las escuelas públicas, por un sin número de factores no ocuparon el rol preponderante que debía tener en la lucha contra el analfabetismo y la deserción escolar. La pésima calidad educativa, obligó a muchos padres a gastar el magro sustento en buscar en las escuelas privadas, la educación que desde el estado no se brindaba. La vertiginosa decadencia ocurrida en los últimos años en casi todas las instituciones públicas, el exponencial crecimiento del narcotráfico, que encontraron en todo el territorio nacional un campo fértil donde afincarse para obtener enormes ganancias y llevar a miles de jóvenes al consumo y a cometer delitos para poder adquirirla, el poco desarrollo de la actividad privada como fuerza generadora de empleo genuino y la idea de privilegiar la figura del victimario por encima del de la víctima, no hizo más que agravar este problema.
Sin dudas, la inacción gubernamental causó un formidable daño en la gente, sobre todo en las clases sociales bajas, que quedaron más expuestas a sufrir los embates de hechos delictivos. Por años, nada se dijo, se optó por poner a cargo de los organismos de seguridad a personas que en su mayoría, no contaban con la idoneidad que tan compleja tarea requería. Así, se fueron sucediendo políticos amigos, intendentes del conurbano, ex integrantes de grupos subversivos de la década del 70, jóvenes inexpertos provenientes de agrupaciones políticas afines, miembros de instituciones de derechos humanos, en fin, una caterva de ineptos que en lo único que demostraron habilidad, fue en cobrar sus abultados sueldos y aparecer una y otra vez ante la prensa intentando dar explicaciones sobre lo evidente del fracaso de sus gestiones.
Se repitió hasta el hartazgo que lo que ocurría estaba solo en la imaginación colectiva, que era una sensación, que los medios periodísticos hostiles y no alineados con el pensamiento gubernamental, magnificaban los hechos repitiéndolos a toda hora, pero lo cierto es que la inseguridad, como castigo bíblico, había llegado al seno social al parecer, para quedarse, y las terribles consecuencias las estaban pagando la gente. No haber afrontado desde un comienzo y combatido de raíz, como la lógica indicaba semejante inconveniente, trajo aparejado resultados terribles y los delincuentes aprovecharon la inoperancia para desplegar toda una gama de delitos nunca visto hasta entonces. No solo se evadió tocar el tema, sino que jamás estuvo incluido en la agenda nacional como política de estado.
El gobierno, adoptó como forma de pensamiento una ideología un tanto extraña respecto a la represión de delitos. Llamaron "garantismo" al hecho de defender y no sancionar a quienes los cometían. Consideraron al delincuente, víctima de una sociedad injusta que los marginaba y los empujaba a cometer ilícitos sin brindarles la posibilidad de desarrollo dentro de su plexo. Se negaron una y otra vez a debatir políticas serias que permitiesen poner freno a la delincuencia, asociando de manera insólita, la palabra "represión" delincuencial con una de las más lamentables etapas oscuras de nuestra historia, cual fue la dictadura militar.
Hechos tales como alentar cortes de rutas y calles, quitar la custodia de la policía federal de hospitales, de escuelas, de estaciones de trenes, de metros y otras dependencias públicas, por disputas entre el gobierno nacional y el de la ciudad de buenos aires, o utilizar los servicios de inteligencia del Estado, no para prevenir la comisión de delitos complejos, sino para vigilar opositores, dejaban en evidencia la enorme mezquindad política demostrada por el gobierno y la notable falta de interés en acompañar los reclamos de la sociedad sobre el tema. El problema de la inseguridad es una cuestión que atañe a todos, más allá del pensamiento, banderías políticas o posiciones ideológicas. Los delincuentes, a la hora de cometer sus fechorías, no discriminan entre centro, derecha o izquierdas.
Ello, sumado a las señales que desde el propio gobierno fluían a la comunidad, respecto que solo tienen éxito los corruptos y delincuentes, sin tener en cuenta que los ejemplos deben darse de arriba hacia abajo y no al revés, fue sin dudas, otro de los motivos fundamentales del crecimiento en la tasa de delitos y por ende, la superpoblación de presos alojados en cárceles y comisarías.
Los gobernantes de un país están obligados a desempeñar sus acciones con honestidad y respeto por las instituciones, velando que prime el bien común por encima de sus propios intereses y no servirse del Estado para generar sus propias riquezas. Cuando los funcionarios sospechados de haber cometido tantos hechos de corrupción, se presentan ante la sociedad esbozando sonrisas irónicas como queriendo dar muestra del halo de impunidad que los acompaña y la justicia no pone límites a este accionar haciéndoles pagar sus tropelías, nada se respeta, se pierde la capacidad de asombro y estos episodios pasan a ser tomados como algo normal y natural, disparándose la idea que todo da igual, pues si ellos que deben dar el ejemplo se mofan en la cara de los ciudadanos y no respetan las normas, ¿por qué ha de hacerlo el resto de la ciudadanía?.



