Siempre me pareció un privilegio tener una fe en la que se adorara a una mujer. En Brasil, si bien es un país católico, los niños en los colegios se codean con familias de diferentes orígenes y credos. Ninguno se horroriza de lo que piensa el otro. Recuerdo el altar a los ancestros de una amiga japonesa, el rostro del Cristo psicografeado de un amigo kardecista, el Corán de tapa dura y letras doradas que lo mirábamos como una reliquia en la casa de los hermanos Jazan.
También me resultaba un misterio insondable el saber que María era todas las Vírgenes. Cómo podía ser Nuestra Señora Aparecida renegrida la misma que Nuestra Señora del Carmen, tan rubia y europea? En el panteón del candomblé cada diosa correspondía a una entidad, una característica personal y a una imagen. Y por qué pisaba la luna la Virgen? Tiempo después leí el Apocalipsis de Juan en dónde en una visión describe a una mujer redentora que pisa la luna, con doce estrellas que coronan su cabeza. Pero fue mi abuela la que pudo aclarar mis dudas. Dijo que la luna era la inestabilidad. Que era muy fácil posarse sobre lo seguro y ser bueno.
Pero el mérito era dar lo mejor de sí en medio de los problemas y éso estaba puesto así para que lo recordemos. Y que la Virgen era madre de todos: chinos, africanos, blancos e indios. Por éso se aparecía de diferentes maneras, para que todos nos sintiéramos hermanos y actuáramos como tal. Si los abuelos supieran lo importantes que son para la formación de sus nietos, mirarían menos televisión y hablarían con ellos sobre las grandes verdades, eternas, inolvidables.
Fabiana Daversa. Foto: Alejandra Lopez



