Vendió todo lo que tenía. Y lo que no pudo vender, lo regaló. Silvia "La China" Niveyro renunció al Bar Restó "La Catedral", y en febrero se va a México a buscar su sueño.
Sin dar demasiado detalles, tampoco hace falta, puede hablar de un origen complicado y sin rumbo definido: "Estaba en segundo año, me llevé Historia. El profesor Andrés Suardini me dijo: ‘Andá… salí de acá… que si te quedás un minuto más no te apruebo’. Cuando volví a mi casa, le dije a mi mamá que me había ido mal, que había repetido. En realidad, lo que yo quería era dejar la secundaria. Me puse a laburar y al poco tiempo, me embaracé", cuenta Silvia "La China" Niveyro (39).
Años después, fue el secundario, pero de adultos (y que tampoco terminó) el que le abrió la puerta a su vocación, casi de casualidad: "Tenía un compañero, Germán, que ya trabajaba de mozo. Charlando de esas cosas me entusiasmé y me llevó a La Glorieta".
Es así como en los últimos 20 y pico de años "La China" ha servido la mesa de cientos y cientos de campanenses que alguna vez hayan recalado en La Glorieta, Farabute, Babel, Travel Fast, La Catedral… y siguen las firmas. "Incluso llegué a trabajar en La Casona, de Cardales. Los dueños eran clientes de La Glorieta, me conocían de ahí. Y cuando ellos abrieron me vinieron a buscar. Tanto me querían en su negocio que mi sueldo incluía un plus para el remise de ida y de vuelta a Campana, pero no se lo podía decir a mis compañeros", dice con una sonrisa.
Amor por el oficio
"La China" estuvo 8 años en La Glorieta, pero tuvo que pagar su derecho de piso: "Me pasaba el día fajinando y fajinando, y yo quería atender, ser moza, vender la mercadería. Hasta que lo encaré a Sergio Moyano y me dio la oportunidad. Ahí me armé, y aprendí muchísimo de Oscar "Cepillo" Capurro, quien ahora trabaja en ‘Antonio’, también de Moyano. Incluso me enseñó a ‘trinchar’: pocos saben servir al viejo estilo, usando una cuchara y un tenedor a manera de pinza".
Dice que si bien muchos tienen el prejuicio de que ser "moza" tiene poco y nada de vocacional, y más bien es algo de lo que uno puede llegar a trabajar porque no tiene otra opción, para ella es toda una pasión: "Ahora –dice- perdí un poco de práctica, porque están los sistemas digitales de facturación, pero siendo mozo desarrollás la memoria de una manera inimaginable. No sólo para levantar los pedidos sin error y volver sabiendo quién pidió cada cosa, sino también para recordar lo que le gusta a cada cliente frecuente. He llegado a hacer marchar platos mientras un cliente todavía está estacionando el auto. Ese tipo de detalles hacen que la gente se sienta cómoda, vuelva, ¡y deje buenas propinas!". Propinas que, aclara, a fin de mes pueden sumar otro sueldo.
También cuenta que el buen mozo es ciego, sordo y mudo, salvo en lo que se refiere a su trabajo: "Yo puedo entablar conversación ocasional, pero jamás escucho de lo que están hablando si no me hablan. Porque, aparte, estoy con la cabeza en otra cosa: el bife que ya está por salir para la otra mesa, la seña que me hace aquel, el mantel que falta allá. Sobre todo en un restaurante, donde la demanda es explosiva y todo pasa de manera intensa y en muy poco tiempo".
Hay muchas, pero otras de las singularidades de ser "moza" es ver florecer o marchitarse a una familia: "Te pasa que empezás atendiendo a la familia tipo, y los años pasan. Terminás atendiendo a 16, y por ese ratito vos sos una más de ellos. Y si no, al revés: empezás atendiendo a los novios perfectos, se casan, vienen con los hijos… hasta que cada uno aparece por su lado. Después, están los clientes que no están más. Me acuerdo de don Raúl, quien se descompuso y nos dio su teléfono para que llamáramos a su hermana. Luego de eso faltó un tiempo, pero volvió un par de veces por su cortadito de La Catedral. Hasta que no vino más. La llamé a la hermana para preguntarle. Me agradeció el interés, pero me explicó que Don Raúl había fallecido".
El viaje
Lo viene masticando hace un año. "La China" vendió todo lo que tenía. Y lo que no pudo vender, lo regaló. En febrero parte hacia México DF para probar suerte. "El que no arriesga, no gana", dice convencida de que en Campana encontró su techo. "Acá siempre me van a convocar de moza. Pero yo ya estoy para formar y manejar gente, supervisar, y siento que allá lo puedo lograr. Incluso con los años llegar a tener mi propio restaurante, o ser socia de uno", asegura.
Se puso como meta un año. "Si veo que en un año no hice pie, me vuelvo. Y si vuelvo, el tema es que me van a tener que prestar una tasa hasta para poder tomar un té. Pero no me preocupa, dejo muchos y buenos amigos", dice con la tranquilidad del que cayó y se levantó 100 veces.
En México DF la espera Artemio, un arquitecto que contactó a través de internet por la plataforma "Couchsurfing". "Me gusta México, su gente es muy solidaria. Estuve ahí una vez, quedé medio varada y me trataron muy bien. Por eso tiré mi idea en ‘Couchsurfing’, que es una plataforma para gente que quiere compartir experiencias, ayudar, y obvio, se maneja por referencias comprobables. Ramiro me espera con un sofá, una bicicleta y sus ganas de ayudarme los primeros días. Para mí, es bastante para empezar. Luego, Dios dirá".
La entrevista tuvo lugar en La Catedral, donde trabajó los últimos 5 años y renunció hace un mes. Un rato antes, en su Facebook subió una cita del muro "Escritos", atribuida a Denisse Tristán Pérez, que tal vez la defina: "No me interesan los hombres con autos lujosos, no me importa subirme a un autobús o caminar. Comer en un puesto en la calle o en un lujoso restaurante. Sé que a veces hay y a veces no, que los momentos valen más que los lugares. La ropa es ropa, sea de marca o no. Lo que sea es bueno mientras aprendas a disfrutarlo". "Así es", comentó Silvia "La China" Niveyro. Y agregó el emoticón de una sonrisa.
“El que no arriesga, no gana", dice La China y se va a probar suerte a México
Con sus compañeros de La Catedral Osvaldo Sotelo, Pamela Luján y Jason Gorosito



