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» Este artículo corresponde a la Edición del domingo, 22/ene/2017 de La Auténtica Defensa.

La niña que quería tocar la luna
Por Paula Alfieri




Irupé - Cuento inspirado en la Leyenda Guaraní del Irupé (Segunda parte).

Los remos cambiaron el curso de la embarcación, alejándose de la luz de la gran ciudad, penetrando en la profundidad de la noche. Irupé, rodeada de los brazos de su madre, sintió latir con fuerza su corazón y en cada latir se amarraba aún más a todo lo que la rodeaba.

Experimentó por primera vez el hambre. Rozó con sus labios el pecho de su madre y como si hubiese realizado aquello cientos de veces durante miles de años, supo que tenía que mamar y sació su sed de deliciosa y cálida leche.

Irupé creció sumergida en todo aquello que envolvía al río. Por las mañanas despertaba al alba junto al sol, se zambullía en el marrón, nadaba entre dorados y bogas, rozando con sus dedos las ásperas escamas de los escurridizos peces. Jugaba carreras con los camalotes y la broza y a la escondida con el biguá. Cada día el monte le deparaba una nueva sorpresa.

Su casita de madera suspendida sobre cuatro troncos truncados era su balsa en las crecientes, su refugio en las noches de aguacero, su calor en los fríos días de invierno.

Algunas veces solía acompañar a su padre y a sus hermanos a cazar al monte. Ella sabía empuñar la carabina, sujetarla con fuerza en su hombro y disparar. Tenía muy buena puntería pero nunca acertaba, era su manera de proteger lo que el monte albergaba. Cuando uno de sus hermanos mataba un ciervo o un carpincho, le pedía perdón al monte y le agradecía por brindarles comida.

Era muy feliz allí, pero algo le inquietaba. Ella quería tocar la luna.

-¿De qué está hecha la luna Tata? ¿Qué sabor tiene?¿Es fría, quema? ¿Entra en una sola mano? ¿Es esponjosa o es dura? ¿Quién vive allí?

Por las noches trepaba a los árboles e intentaba tocarla. Se quedaba allí horas acompañándola.

Irupé rondaba ya los diez años cuando una mañana al despertar escucho ruidos ajenos al palpitar del monte. Sonaba a truenos pero el cielo estaba más azul que nunca. Vio como una dentellada arrancaba el monte y luego otra y otra más, hasta dejar un inmenso hueco blanco entre los tupidos verdes.

-Es el desmonte guriza, le dijo su abuelo.

-Pero Tata, allí no se escuchan hachas sino truenos…

Los animales huyeron ante la tierra devastada. Ya no se ven ciervos, ni tigres, ni carpinchos, si hasta los pájaros y los peces escasean. Ya no hay trabajo para las hachas en el monte. Las crecidas son cada vez más frecuentes a falta de árboles que retengan con sus raíces la tierra y a sobra de los endicamientos que levantan muros empujando el agua a zonas más deprimidas. El río baja bravo y marrón, furioso e indomable y la lluvia incesante que no deja de caer.

La familia de Irupé lo perdió todo: el trabajo, la huerta, los frutales, los animales…

Irupé extraña a su amado monte, con todo lo que entra en él, como ella lo conoció y el río...su amado río es un un desconocido en quien ya no puede confiar.

-Tocaré la luna y le pediré un deseo: que el monte vuelva a ser monte.

Y una noche, por fin, Irupé pudo tocar la luna. Luna llena redonda, hermosa luna, noche llena detitilantes luces. Irupé, subida a lo más alto de una rama, en puntitas de pie estira todo su cuerpito y alza su brazo. La rama gime de dolor al quebrarse sabiendo que Irupé caerá irremediablemente al bravo río. Pero a Irupé no le importa, por fin pudo tocar la luna y "el monte será nuevamente monte".


 
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