Me preguntaron ayer para qué sirve la poesía. Confieso que tuve que hacer una pausa, no para pensar en argumentos convincentes, sí para ser lo suficientemente veraz en la respuesta, para no pecar por falta de palabras.
Es como si a uno le preguntaran para qué sirven los ojos o para qué tener un hijo. Hay quienes viven ciegos y quienes eligen no ser padres. Pero no es frecuente encontrar a quienes elijan vivir sin sentir la existencia o villanos tan tremendos que no entreguen su amor a una mascota, a una pareja o a una fundación.
Triste no es ser ciego o estéril, triste es no tener la necesidad de interactuar y dar amor. Cuánto a la poesía, lástima que goce de tan mala prensa. Todo lo que me conmueve lo traduzco en poesía.
Toda llave que abra las puertas de la dimensión desconocida, que nos haga flotar sobre la mediocridad del mundo, es poesía. Afortunados los que tienen el don de catalizarla al lenguaje, captar emociones y ponerlas en palabras.
La poesía es el idioma del alma, el remedio del mundo, la causa por la cuál aún no sucumbimos, eso se me ocurrió decir mientras un resplandor de final de tarde iluminaba la escena...



