Ella era hermosa, su figura y sonrisa recordaban a las modelos internacionales. Hacía mucho que salía con él, que durante años vivió pendiente de ella.
Tuvieron momentos felices, crisis pasajeras en dónde se presentaban otros pretendientes, y todas las dudas que puede tener una joven que no sabe que va a ser de su vida. Se le abrían puertas, mientras otras, silenciosas, se cerraban. Viajaron. Se fueron a vivir juntos. Tenían horas de filmación y tantas fotos juntos que podrían armar una enciclopedia amorosa de varios tomos.
Un día ella encontró chats de él con otra chica. Supo que se estaban viendo. Decidió no armar escándalo, no decir nada, tantear a ver hasta dónde llegaba tanta desfachatez. Ella2 tenía faltas de ortografía, colgaba en el Facebook frases románticas de gusto dudoso y lo más humillante: era fea. Que no supiera quién era Jorge Luis Borges, escuchara música maléfica y vistiera como un personaje de ciencia ficción no era el problema principal. Él la estaba cambiando por una fea.
Se paró frente al espejo y después de llorar un largo rato y ver correr el maquillaje, esbozó una sonrisa. Sabía que todo se había terminado, que no había arreglo posible, pero prometió ser otra persona a partir de ése día, una mejor persona . Hizo sus valijas y se fue, sin que él supiera exactamente el por qué. Dejó una nota diciendo: Gracias, Maestro de Vida, me curaste de un mal que creí que fuera crónico: mi tormentosa vanidad.
Fabiana Daversa



