La primera vez que escuché esa palabra fue por una broma. Mi hermano se quejaba de una penitencia que le había puesto la maestra y mi madre, restándole importancia acotó, _ seguro te pegó con cadenas! Cadenas ¿ qué era ése objeto con el cuál la maestra castigaba a mi hermano? Más tarde, supe que con ellas se ataban a los esclavos, principalmente a los rebeldes.
En la misma época, las encontré en el himno, en dónde pedían que oyéramos el ruido que hacen cuando se rompen y llega la libertad.
En fin, si pudiera hacer una topografía en el mapa que sitúa cada palabra aprendida, con las cadenas marcaría un camino de ripio, abismal. Porque con ella se pueden hacer actos altruistas de enorme belleza, como las cadenas de oración que engloban a voluntarios que rezan por el bienestar de otros, las cadenas de radio y televisión que unifican territorios inmensos o la cadena nacional, que nos alerta cuando un presidente tiene que decir algo trascendente.
Pero las insufribles, las peores de todas, son las cadenas de las que no podemos liberarnos jamás, ni con las armas, que son las de envío de mensajes. Ésas que dicen: si no me reenviás a diez personas , morirás en quince días. Si me ignorás, te dejará tu novio o te echarán del trabajo.
Con la promesa de un mínimo beneficio, inoculan veneno con sus imágenes falsamente piadosas. Cuando me llegan, por cualquier medio, venga de quién venga, las borro de inmediato. Me fastidian de tal manera que se me sale la cadena.



