Cuando era niña, como en los cuentos, me apartaron de la vida sencilla que tenía con mi abuela y me llevaron a un lugar dónde había un estricto protocolo, belleza, dinero y mucha maldad. No era un internado, sino la familia del segundo esposo de mi madre. En un paisaje estilo miniserie Dallas, pero en Brasil, con mucamas uniformadas, descendientes de los que ya habían sido esclavos de la familia dos siglos atrás, con jardines franceses incrustados en la Mata Atlántica , llegué con ojos de asombro a conocer a mi nueva hermanita que descansaba en el regazo de una nurse con guantes blancos.
Al mes, habiéndome dándome cuenta de todo, ya juntaba pedazos de aluminio de las latas que robaba en la cocina para aplastarlas sin que nadie me viera, al pie de un gomero gigante con la sencilla idea de fabricar un helicóptero y volver a la Argentina a vivir con mi abuela. Puedo asegurarles que caminaba más de una hora para esconder el botín. Llegué a juntar cuatro latas de arveja, tres de tomate y cinco de sardina Gómez da Costa, la misma que hoy encuentro en el supermercado en oferta y me hace sonreír.
Una mañana de sol mi escondite fue profanado. Adiós nubes de algodón, adiós mate de leche, adiós Ramos Mejía. Ése día crecí de golpe y me convertí en la que soy. Volví con mi abuela, muchos años después, pero nunca dejé de juntar piezas para armar la flota de aeronaves soñantes que hoy poseo.



