Ya el término produce claustrofobia: encajar, meterse en una superficie rígida poligonal, que sobreentiende una tapa que nos privará de toda luz posible.
Con el fin de pertenecer, ¿cuántos esfuerzos hace uno para amoldarse, caber en la sociedad, en la familia y en las instituciones? Recuerdo una anécdota familiar que oí a los diez años, edad en la que nació mi primer sobrina en Belén do Pará, bien al norte de Brasil. En la única maternidad de la ciudad, atiborrada de madres que buscaban el parto seguro, una compañera de cuarto tuvo una hija pelirroja. De padre y madre morochos, de rasgos indios, una blanca colorada era menos probable que el sol de la medianoche en pleno trópico. El padre montó en cólera, todos en la clínica escucharon el escándalo seguido del portazo.
Hasta que apareció la tía de la niña, enrulada y colorada como la novia de Klimt, a poner fin a la sospecha. Vivía en el exterior y, por fortuna, viajó para visitar a su hermana y a la bebé.
Fin de la historia. Otra anécdota. Teníamos una doberman negra llamada Rebecca, que tuvo de cachorra una cajita como cucha. Se hizo adulta y gigante, pero nunca dejó de intentar la reinserción al útero simbólico de su infancia. La imagen era patética: luego de meter las cuatro patas, nos miraba con desolación. Desde entonces aprendí que cuando no entramos en algún esquema hay que desplegar alas o, simplemente, cambiar de caja.



