Las coincidencias y las casualidades existen. No todo se mueve según las reglas del azar. Es peligroso pensar en un mundo en dónde las palabras que no correspondan a sus significados.
La muerte, la enfermedad, la felicidad y tantas otras realidades se ven cuestionadas por diseñadores de la nueva realidad, formadores de opinión que desparraman teorías poco fundamentadas que valdría la pena pensar antes de propagarlas.
Según la tradición de muchos pueblos, el mundo se hizo a partir de la palabra. Dios iba hablando y las cosas se iban formando, según su voluntad. Por eso los cabalistas afirman que todo lo que tiene denominación, existe.
En un exorcismo, el oficiante pregunta el nombre de la entidad que ocupa el lugar indebido. Nombrar algo es darle un marco, una clasificación, una jerarquía. Combatimos mejor lo que conocemos. Callar o negar la realidad sólo reduce nuestro mundo.
Por supuesto que hay situaciones que nos abruman con su metamensaje y nos dejan boquiabiertos con sus enseñanzas. Claro que existen las señales y por algo se dan las cosas, pero las coincidencias existen. Y las casualidades también.



