Si la globalización tuviera un número, ése sería el cuarenta. Ya en cuento Alí Babá y los cuarenta ladrones del clásico árabe Las mil y una noches sugería que eran tantos los hombres que escondían el tesoro tras la puerta prohibida, que el joven supuso que serían el doble de veinte. La cuarentena es el período que la parturienta debe cuidarse hasta retomar su ritmo normal, tras haber dado a luz. Cuarenta son los días de aislamiento para los que contrajeron una enfermedad contagiosa. El mismo número de días Jesús meditó en el desierto, recordado en la Cuaresma. A la edad de cuarenta años el hombre sufre una crisis que marca la mitad de la vida.
El Adviento, como la palabra indica, advierte. En el calendario sagrado son los cuarenta días que anteceden la Navidad, época de preparación para el Solsticio de Verano en el hemisferio sur y de Invierno en el norte y la llegada del Espíritu Crístico .
En la tradición judía es Janucá, la fiesta de las Velas y de la esperanza. Cuentan los rabinos que el gran templo sufrió un ataque sin precedentes. Todo había sido destruído, pero en medio de las ruinas una vela ardía milagrosamente.
En ésta época del año, poco antes del nacimiento de Jesús cuenta el Nuevo Testamento que Herodes había iniciado la caza a las mujeres que estaban por parir. Nadie quería alojar a una parturienta en su casa por semejante decreto. Energéticamente no son tiempos fáciles. En ambas tradiciones se habla de un período de resguardo espiritual, de introspección y vigilia que parece haber sido olvidado. Lo sustituímos por la compra de regalos y la previa de las vacaciones.
Vendría bien que registráramos el riesgo alrededor en éstas épocas acaloradas, no para vivir paranoicos, si no para contrarrestar inconvenientes que pueden ser evitados si nos encuentran alertas.



