Cuando era pequeña me regalaron una muñeca que hablaba. Debió haber sido algo trascendente, ya que mis días consistieron en apretar doscientas mil veces el botón redondo que tenía la blonda en el medio del pecho.
Mis hermanos, hartos de las tres frases que alternaba secuencialmente con tono infantil, me confesaron que estuvieron a punto de cometer un muñequicidio. Pero no hizo falta, antes de que la arrojaran por la ventana, pude desarmar el mecanismo. Con mis pocos recursos técnicos, di con el diminuto grabador y lo estropeé, para disgusto de mi madre.
¿Qué me motivó a buscar el secreto de Marianela (así se llamaba la víctima)? Recuerdo que me intrigaba el hecho de que pudiera comunicarse. Era un monólogo poco convincente, pero al lado de las demás muñecas, lacónicas y ya gastadas por el vínculo, lucía espléndida.
También me resultaba extraño que no contestara mis preguntas. Te quiero mucho, vamos a jugar y que tengas un lindo día no respondían a todas mis inquietudes. Una tarde, cuando nadie me veía, busqué la bolsita de manicure de mi abuela y sin gran dificultad abrí el compartimento que rodeaba el botón nacarado. Sin arrepentimiento, la callé para siempre.
Me alegró que pasara a ser como las demás y que pudiéramos, finalmente, dialogar en silencio como saben hacer el alma de los niños y las muñecas.



