No podemos negar la importancia de las revoluciones en la historia. Cambian, giran, proponen nuevos rumbos. Suceden cuando el ciclo se satura, cuando el pueblo se cansa del tirano, cuando los mercados se abren paso solos, cuando la vieja tecnología da lugar a una nueva. Las hay revoluciones armadas, como la de Fidel y el Che; con dogmas religiosos, como la de Lutero; populares, como la Francesa; digitales, como la de los chicos de Palo Alto. Nadie pudo detenerlas, ni con todo el dinero del mundo.
Ahora estamos ante un cambio de paradigma insoslayable, una nueva revolución silenciosa. El mundo ha tocado fondo cuanto a su indiferencia, recursos naturales e intolerancia. Empezamos a notar que aires nuevos soplan, a veces de la mano de Francisco Bergoglio, otras de la del Dalai Lama, a veces de voces anónimas, tan necesarias como las demás...voces que hablan del amor incondicional, de la aceptación recíproca y de los valores perdidos. No importa qué nacionalidad tengas, qué credo o color de piel, lo único que importa para los que militamos en ella son la fe, la esperanza, la caridad, la paciencia, la perseverancia, la humildad y la obediencia. ¿Obediencia a quién? Al líder? No, aquí somos todos iguales. Obediencia a la suprema del del Amor.



