Hay una gran diferencia entre abrir el diario y no hacerlo. Mi padre decía que para conocer un país, lo primero que uno debe hacer al llegar es comprar el diario. No importa si no se domina el idioma, si el país es grande o pequeño o gobernado por un demócrata o un dictador. El jornal refleja más que un conjunto de noticias. Sus voces internas, sus redes silenciosas, la dulce presencia cotidiana junto al sonido de sus hojas abriéndonos las ventanas del mundo , exorcizaron nuestra ignorancia durante décadas. Ahora la versión digital permite una dinámica mayor, no sin la pérdida de la mística del soporte en papel.
Actualmente las noticias se aggiornan minuto a minuto, las fotografías se ven con una definición cinematográfica deslumbrante, pero el olor a tinta choca con lo insípido de la pantalla del teléfono o la computadora y las notas se ven más cortas , empobrecidas.
Pero el problema grave que nos atraviesa a los amantes de los diarios es la naturalización de la banalidad, la aceptación quasi deportiva de quienes lo denostan, presentándolo como el responsable por amargarle la vida. Sucede todo el tiempo. Ayer una señora en el bar de la esquina, cuando el mozo le ofreció un matutino lo rechazó con una mueca, diciendo:
-No querido, que me tira mala onda. En qué momento empezamos a pensar que es mejor ignorar a saber y que seremos más felices si no nos involucramos con nuestro alrededor?
Nadie en su sano juicio puede responsabilizar a los diarios por su infelicidad. La ignorancia solo puede promover una felicidad estúpida, tan vacía como algunas cabezas que piensan que lo saben todo.



