Qué sensación extraña nos invade cuando hablamos con un aparato... El estupor se asemeja al que nos embarga cuando subimos por primera vez a un avión o cuando pisamos el suelo de países muy lejanos. Algo irreal se instala entre la situación y yo. Dura pocos segundos, pero la experiencia es tan potente que son suficientes para desconcertarnos. La humanidad ha llevado miles de años para descubrir cosas básicas como el fuego, la germinación de las semillas, el ciclo de las lluvias. Duerme en nuestro interior un cerebro antiguo, en honor a los antepasados que conquistaron las estepas, el mar y construyeron las primeras casas. Nada se descarta de inmediato. Como buena panóptica, no refunfuño contra de la tecnología o de las delicias de la era digital, pero si hay algo a la que les confieso, no me puedo habituar, es a ser atendida por un aparato. Hasta puedo llegar a comprender la necesidad de un contestador automático, en el cuál uno deposita la certeza de haber dejado un mensaje, descartando la ilusión del diálogo, pero escuchar la falsa simpatía entrecortada por silencios de un robot, me exaspera.
Luego, la seguidilla infernal que le sigue con el marque uno para comunicarse con servicio al cliente, dos para cuentas premium, tres para denunciar pérdida o robo...a sabiendas que la opción que busca será la última, con suerte. Más fastidioso aún es levantar el teléfono y escuchar una grabación entusiasta, como si se comunicaran para nominarlo al Oscar y percatarse que es el político de turno pidiéndole que lo recuerden a la hora de votar. Hay que crear nuevos códigos de comunicación entre humanos para que eso no nos contamine los vínculos. El primero es que lo importante, lo digo personalmente . Y si quiero a alguien de verdad, para el cumpleaños no le mando un mensaje. Como mínimo, lo llamo por teléfono.



