El despido no había sido lo peor que le había pasado en el año. El abandono de su mujer, el saber que había otro hombre en su vida, la indiferencia de su hijo adolescente habían sumado el agua suficiente para colmar el vaso. Ahora el telegrama, aséptico y frío, después de tantos años en la fábrica. La mirada esquiva del jefe, la compasión no del todo sincera del entorno le dejaban un sabor amargo en la boca. Lejos quedaban los días de gloria, las vacaciones en familia, el ascenso y la compra del cero kilómetro.
"Nunca estuviste con nosotros", dijo ella, atajándose. Y cómo crecer, sin romperse el alma?
Bajó la cabeza y pensó en su viejo, que se fundió y renació cien veces. En la abuela, que cosía de noche para ayudar a traer a todos sus hermanos de España. En su hermano, que por un infarto masivo no estaba aquí para contarla.
Tocó con el dedo índice la medalla de San Miguel, regalo de su madre y salió a la calle, como si nada hubiera ocurrido.



