Al llegar a la escuela se le hizo un nudo en la garganta. Había dejado su Corrientes natal hacía poco. El ascenso de su padre en el trabajo la había traído hasta Capital. Atrás habían quedado los lapachos blancos, el río y las amigas. Un pequeño fresno guardaba la vereda del nuevo colegio. Un único árbol, pensó. Cuando empezó la primaria le pidieron una muda para que plantara en el enorme jardín del fondo, en dónde también había una huerta. Su abuela materna, la que tanto había querido, le había comprado un jazmín. El año pasado, cuando cumplió once años, había empezado a dar sus primeras flores. Todo había quedado atrás, a lo lejos.
Los nuevos compañeros eran agradables y la habían recibido muy bien. Se sentó al lado de una chica de cabellos ensortijados y rubios, que le ofreció un chicle de menta. De inmediato quiso saber cómo se llamaba la anfitriona, ésa simpática regordeta que parecía salir de un cuento de hadas.
Jazmín, le dijo, esbozando una sonrisa.
Supo que serían grandes amigas. Y que la vida estaba compuesta de unas cuántas coincidencias maravillosas e inexplicables.



