La mala vida no se resume en vivir alquilando casa, estar solo, no tener auto. Tampoco consiste en ser madre , padre o no serlo. No depende de la religión o raza en la que uno venga enmarcado. Existe en todas las profesiones y en cualquier latitud y longitud del mundo.
Son sus víctimas los jóvenes, adultos y ancianos. La mala vida se mete en nuestra rutina y nos hace creer que lo aberrante es natural: que nos castiguen con violencia, que nos humillen, que el de al lado pase hambre y que se puede vivir en medio de la basura. Si bien se expresa en femenino, tampoco pertenece a un sexo en especial.
Es fría, racional y se cree superior. Olvidó la calidez del corazón. Revestida de melancolía, cada tanto de rigidez, ése vírus del alma nos va carcomiendo de a poco, preocupándonos cada vez más por el dinero, por las arrugas y por la propia quintita. Sus preocupaciones parecen las de todos, pero en el fondo son ordinarias. El síntoma principal es el egoísmo y su antídoto, la alegría. Hay que tomar recaudos severos cuando ya no nos pone contentos la felicidad del otro.
Nos hemos contagiado del mal del siglo, la que también se conoce por malaonda o malavibra, la que , sin darnos cuenta, nos metió en el táper que creemos ser nuestro destino.



