El tatuaje es algo que no se borra, a menos que se recurra al láser que, además de ser una intervención de costo elevado, parece que tal laceración-que no se da en una sola sesión sino en varias-resulta ser más dolorosa que la incisiva aguja con la que se llevó a cabo el grabado sobre la piel. Tampoco es que todo queda como antes, algún borrón color carne nos va a hacer acordar de por vida de que en un momento determinado nos arrepentimos de algo… "¿que ya no recordaremos?" En fin.
Sin embargo, el láser no llega a desacralizar al tatoo, como habitualmente se lo conoce, para el imaginario popular el tatuaje es indeleble. Y he aquí la cuestión, porque desde unos años a esta parte se ha puesto de moda. Sí, de moda. ¿Pero la moda no es algo que permanentemente cambia? Por ejemplo, pasa que las cosas que nos gustaban en una época nos dejan de gustar; que las prendas con las que nos vemos vestidos en viejas fotos nos suelen parecer ridículas y hasta nos sonrojan. Lo mismo ocurre con los peinados.
En definitiva, se dice que la ropa "es una extensión de la piel", y si "la piel" cambia constantemente al ritmo de la moda, la pregunta sería: ¿por qué razón la gente ha comenzado masivamente a tatuarse cosas que en el futuro pueden llegar a no gustarle? El tatuaje tiene un fuerte connotación de pertenencia, de reafirmación hacia ello. Hasta hace unas décadas, estar tatuado quería decir: "estuve en la cárcel", "soy marinero", etc. Y hoy, tan solo: "estoy a la moda"; podríamos decir que se ha llegado a una banalización del tatuaje, al mismo tiempo que se graba, se lo "borra".
Lo cierto es que el hecho de tatuarse es una costumbre milenaria donde antiguamente adquiría un sentido existencial de la pertenencia, era un mundo donde el individuo nacía y moría con los mismos símbolos, es decir, una época donde la significación de las cosas trascendían a las generaciones. Hoy, eso ya no ocurre.



