Pancho Sierra no era espiritista, pero al año de su muerte, en 1892, don Rafael Hernández, hermano de quién escribió el Martín Fierro, presidente del la Asociación Espírita Argentina, le hizo un homenaje público en dónde concurrieron más de mil personas. En ése acto en el cementerio de Salto, provincia de Buenos Aires, inauguraron un busto del "Resero del Infinito" con una corona doble bronce representada por la hiedra y el laurel, que simbolizan la amistad y el honor.
Allí le dieron el título de "espiritista por atribución", porque sin profesar el dogma, lo practicaba a la perfección. Francisco Pancho Sierra nació el 21 de abril de 1831, en Salto, pero pasó gran parte de su vida en su estancia "El Porvenir", en la localidad de Carabelas, partido de Pergamino.
Era el último de cinco hijos. Estudió en Buenos Aires parte de la carrera de Medicina, pero tuvo que abandonar por la enfermedad de su madre. Quizá el contacto con el dolor y el sufrimiento vinieran de su experiencia personal, pero la vocación de ayuda siempre estuvo presente. Atendía a todo aquel que se presentara en la estancia.
Cuentan los relatos de la época que voluntarios y empleadas servían mate cocido y tortas fritas a quienes esperaban. Jamás cobraba por sus sanaciones, que pasaron a ser cada vez más conocidas por el gran público.
Un hombre, tratando de hacerle una zancadilla, le llevó orina de porcino cuando él le había pedido una muestra de la suya propia, dado que su problema era renal. Al verla lo miró fijamente y le dijo "Ahora que te cure el chancho". Atendía hasta veinte contingentes por día, sin descanso.
Su método era sacar agua de un aljibe de la finca y darles a los enfermos para que bebieran, algo que hubiera encantado a Massaru Emoto, el médico japonés que más de cien años después estudió la composición del agua y comprobó que transmiten emociones.
Una tarde llegó a la estancia una joven de 27 años, con un bulto en la mama bastante avanzado. Él le preguntó cómo había dejado que creciera tanto, a lo que la joven contestó que la enfermedad de su esposo le demandaba mucha energía y cuidados. Pancho no conoció a
Aniceto Subiza, quién murió al poco tiempo, pero sanó a María Salomé Loredo y la hizo su discípula, la legendaria sanadora del comienzo del siglo XX, Madre María. Pero ésa es otra historia...



