Consolar al triste en una sociedad en dónde debemos simular alegría permanente es todo un desafío. Estudiando las obras de Misericordia espirituales desde las diferentes religiones y culturas, me voy dando cuenta lo cerrados que estamos los occidentales a la expresión de nuestras emociones. La dictadura de la jovialidad y la belleza en los medios de comunicación, el estereotipo de los exitosos y el miedo a la exclusión laboral y social nos lleva a fabricar una máscara adherida a la piel, difícil de sacar. La imagen pasa a ser más importante que lo profundo. El envase, más importante que el contenido. La propaganda, más importante que el producto. Así, día tras día, nos vamos cosificando.
Percibir al otro pasa a ser el único recurso para ejercitar el consuelo. Hay que presuponer que si alguien enviudó, lo más probable es que esté triste. También corre para quienes se separaron, fundieron el negocio o le diagnosticaron una enfermedad grave.
Con la excusa, "hasta que no me diga nada, no actuaré", vamos pateando la iniciativa del encuentro y la del abrazo. Por miedo a ser tildado de cargoso, impropio o demasiado emocional, dejamos de hacer algo que nos hará más humanos. Alrededor nuestro, en éste preciso momento, habrá quienes estén pasando malos momentos y tan sólo con marcar su número telefónico y hablar dos minutos, mitigaremos su sufrimiento.
Llevar el Sol a la vida oscura, de eso se trata con-solar.



