Los Pecados Capitales son graves no sólo por la herida que provocan en el alma de quién lo practica, sino porque son la puerta de entrada los demás pecados. Ésa enseñanza de Santo Tomás de Aquino explica muchos tumbos y debacles de quienes venían bastante bien en la vida y de repente, naufragaron en un mar de errores. Asumir nuestros pecados y tomar conciencia de ellos cierra las puertas de la confusión, sana el alma y nos lleva al perdón. El Sacramento de la Reconciliación o Confesión es el momento cumbre en el cuál ponemos en palabras lo hecho, dándole un corpus y proponiéndonos un cambio, tras la absolución. Aceptar el misterio del Perdón requiere humildad y voluntad de transformación. El sacerdote es el canal purificador que tiene el nexo que "religa" el cielo y la tierra. Con su vida ejemplar y devoción, transforma los corazones de los caídos y los vuelve a poner de pie. Pero la redención no es exclusiva de los católicos, como ejemplifica el cuento de hoy. El tema es animarse a cambiar.
El Panóptico hablará de los Siete Pecados Capitales a lo largo de la semana, ilustrado por un cuento corto. Hoy reflexionaremos sobre la ira y la soberbia.
Un sultán paseaba por las calles de Estambul y todos se inclinaban hacia él, menos un derviche harapiento. Ofendido, el sultán lo mandó a llamar y sin miramientos le preguntó,
--Por qué no te inclinas ante mí? a lo que el joven contestó,
--Los que se inclinan ante ti admiran tus tesoros y poder. Yo los rechazo. Ofendido, lo abofeteó.
Como si una brisa le hubiera tocado el rostro, el joven continuó:
--Otra razón por la que no te reverencio es porque dos de tus señores son mis esclavos.
--Qué dices, insensato?, vociferó el sultán,_ Y quiénes son esos traidores?
Con la expresión en el rostro que sólo pueden tener los que tienen paz interior, contestó:
--Son la ira y la soberbia.
Avergonzado, el sultán reconoció haber agredido a un maestro. No sólo lo liberó, sino que se convirtió en su discípulo.



