Hoy hablaremos del simbolismo de los espejos. Como objetos mágicos, fueron el portal de los deseos de la madrasta de Blancanieves, el atractivo principal del ropero de Narnia, el préstamo que tuvo Hércules de la diosa Atenea para matar a la Medusa, que petrificaba con su mirada a quienes la miraban de frente.
Su escudo era de plata tan brillante que reflejaba el alrededor con perfección. El héroe fue siguiendo sus pasos hasta que pudo cortarle la cabeza, coronada con serpientes. Un espejo nos da una imagen literal, sin tapujos, pero también nos sugiere ir más allá de las apariencias. Cuando una persona copia a la otra o imita sus actitudes, la refleja. Pero cuando destapa emociones íntimas que el otro no puede expresar, la espeja. El hijo rebelde de una madre sumisa o la hermana religiosa de un mafioso, pueden señalar elecciones que espejan profundidades familiares insospechadas.
Un cuento anónimo chino cuenta que un campesino iba a la ciudad a vender su cosecha de arroz y la mujer le pidió un peine. Después del mercado, se reunió con sus amigos, bebieron y celebraron largamente.
Un poco confuso, recordó que ella le había pedido algo, pero ¿qué era? Entró a una tienda y compró algo llamativo: un espejo. Entregó el regalo y se marchó a trabajar al campo. La esposa se miró al espejo y empezó a llorar desconsoladamente. Su madre le preguntó la razón y ella contestó:
--Mi marido trajo a otra mujer, joven y hermosa.
La madre tomó el espejo, analizó la situación con detenimiento y luego opinó,
--No tienes de qué preocuparte, es una vieja.



