Estoy convencida que la mitad más uno de los que están sentados en las mesas de los bares son agentes secretos. No importa a qué organismos reportan, si a la CIA, KGB o a ninguno. Yo soy uno de ellos. Forma parte de la multiplicidad panóptica que requiere ésta labor.
El punto es entrar en el personaje y de manera simulada, escuchar qué conversan en la mesa de al lado. No siempre uno se dispone a vivir la transformación de ciudadano común a agente secreto, pero la ocasión no sólo hace al ladrón, sino también al periodista por vocación.
Ayer fui al bar de la esquina con la intención de zambullirme en los tres últimos capítulos de la novela de Bernard Cornwell y en la mesa de al lado, dos italianos de más o menos setenta años atraparon mi atención. Hablaban como si ninguno de los presentes pudiera entenderlos, no obstante ahí estaba yo, de incógnita, amante de la lengua de Dante. Viejos amigos, probablemente de la misma región y unidos por la nostalgia, compartían una picada con Martini. El que estaba cerca mío había enviudado hace pocos meses. Contaba lo difícil que le había resultado luchar contra la decadencia física de su mujer.
El hijo vino de Estados Unidos para los funerales y se lo quiso llevar a vivir con él. "Ni loco me voy de acá", dijo.
El amigo, sin hijos, remarcaba lo vago que era el sobrino. Todo lo que habían trabajado él y la hermana, para que el joven se diera la gran vida.
"Creo que la casa se la dejo a la Iglesia", meditó en voz alta. El otro, al tanto de los acontecimientos, retrucó, "No te preocupes por los curas, con los bolsos de López tienen para mantener a unos cuántos haraganes".
Luego de pinchar un cubo de queso con el escarbadientes y llevárselo a la boca, tras un largo silencio reflexivo, el viudo hizo su confesión: "La extraño, amigo, pero también me siento más ligero".
Y el agente secreto no pudo evitar que se le asomara una lágrima.



