Gus Cerati era un tipo raro. Sus biografías hablarán del poeta, del pop star o del conquistador de mujeres hermosas.
El Panóptico recordará el que le enseñaba a su sobrina Guadalupe a hablar con las estrellas, el que dibujaba como los dioses, empezando la figura humana siempre de los pies a la cabeza, y del coleccionador de palabras. Nunca se consideró un intelectual, pero poseía el respeto a la lengua que marca a los grandes pensadores del lenguaje. Y para atesorarlas, llevaba un cuadernito de notas. Cuando nos veíamos hablábamos de Guimaraes Rosa, Clarice Lispector y la poesía de Carlos Drummond de Andrade.
Admiraba a los poetas brasileros, siempre que pasaran por mi tamiz, porque lo que el Bardo amaba, en verdad, era el relato. Su cuaderno de notas era una fuente de inspiración permanente. Cuando una palabra lo enamoraba, y era proclive a enamorarse de ellas con frecuencia, sacaba el manojo de notas, pedía una lapicera y anotaba con letra pequeña, casi infantil, lo que en el tiempo se transformaría en canción.
Escribía en columnas, que en el tiempo durarán tanto como las columnas jónicas y dóricas que duermen en las ruinas de los griegos. Palabras rescatadas de los sueños, de sus charlas estelares y de la poesía secreta que todos llevamos dentro. Linda herencia me dejó el Bardo: el hábito de tener siempre a mano un cuadernito de notas.



