Cada pueblo tuvo su imagen del paraíso terrenal. El Génesis habla del Jardín de las Delicias en el que vivían Adán y Eva, en donde no faltaban flores, frutos y las bestias convivían sin violencia. El hinduismo lo retrata como el Monte Meru, montaña de la cual corren los cuatro ríos y sobre el que se alza la ciudad maravillosa, Indraloka.
El Tratado del Vacío Perfecto, texto taoísta, habla de Kunlun, un lugar tan sublime que se puede caminar sobre el aire y respirar bajo el agua. Tanto en la vieja China como en Japón los sabios describen a Penglai, sitio en dónde no existe el invierno ni el dolor y sus frutos curan toda enfermedad.
Tanto Homero como Virgilio se refirieron a los Campos Elíseos, lugar dónde moran los justos y el Corán promete vírgenes hermosas a los que mueran en nombre de Allah. La arquitectura y sus jardines buscan ésa escenografía, con fuentes de agua y torres moriscas. En Valhalla, edén de los nórdicos, no falta hidromiel y los guerreros luchan sin que los azote la muerte.
Giovanni di Marignolli, en su obra Chronicon, del siglo XIV, dijo haber encontrado el Paraíso a algunos kilómetros al oeste de Ceilán y Ariosto, en su obra Orlando Furioso, la ubicó en el camino entre la Tierra y la Luna.
El hombre ha escaneado cada rincón del vasto planeta en el afán de encontrar el lugar perfecto, en dónde habite la belleza, el bien y la justicia, pero lo único que hemos encontrado son los Paraísos Fiscales.
Allí no hay querubines que custodien la entrada. No hay recompensa por una vida recta y justa, más bien todo lo contrario.
Sí hay una certeza que reivindica a todos los que soñaron y construyeron el imaginario del edén a lo largo de milenios: ése lugar existe, mucho más cercano de lo que podíamos imaginar y se encuentra en nuestro interior.



