Vivir hoy en día sin tener licencia de conducir se transformó en una discapacidad. Desde que la nafta y el gasoil se convirtieron en la sangre que corre por las venas y arterias de América Latina, los trenes fueron desapareciendo y aquellos que no tienen la habilidad para conducir se transformaron en ciudadanos de segunda clase. La dinámica de nuestras ciudades, superpobladas, con sus alrededores industrializados, periferias inseguras y distancias enormes fueron el escenario ideal para que gobiernos populistas acordaran con las automotrices, entre gallos y medianoche, el fin de los trenes. El gobierno de Menen empezó con la tarea sucia y los que lo siguieron,tras el bochorno de la Tragedia del Once y la prisión del Secretario de Transportes más corrupto de la historia, Ricardo Jaime, le dieron el tiro de gracia. Con tristeza, veíamos como ciudades se convertían en pueblos fantasma y como Randazzo compraba chatarra china a precio de oro.
Desprotegidos quedaron los que no disfrutan del volante y sí del ronroneo del tren. Abandonados y tildados de antidiluvianos fueron los que se negaron a ser esclavos de los gastos fijos que implica mantener un automóvil, que requiere pago de patente, seguro, manutención, combustible y en el caso de las grandes ciudades, cochera.
Ahora el mundo habla de volver a ponerse sobre rieles, ya que abaratan los costos y no dañan el medioambiente. Es energía limpia y económica. Las grandes economías del mundo se caracterizan por una amplia red ferroviaria y subterránea.
La pregunta del Panóptico de hoy es ¿cuándo vamos a proteger, en lugar de destruir, todo lo bueno que aún tenemos?



