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» Este artículo corresponde a la Edición del domingo, 08/may/2016 de La Auténtica Defensa.

Generando Realidades:
Buscando al Abuelo
Por Mariela Oppici




Todo comenzó con un olvido, a veces desconocía lo que había hecho o lo que iba a hacer, "Estoy viejo" decía el abuelo. Las conversaciones con el nono se hacían cada vez más repetitivas, recuerdo un día mientras tomábamos mate en la cocina con el televisor encendido para ver las noticias de la tarde y en los titulares él leía "Terremoto en Japón, miles de muertos", minutos más tarde una nueva noticia para él "Terremoto en Japón… viste eso!!" y así comentaba la misma noticia con la misma sorpresa que la primera vez, hasta que finalmente lograba poner su mente en otro tema. Cuando salíamos a comer afuera le preguntaba, "Abue, que vas a pedir" y él preguntaba "¿Y vos? Quiero lo mismo que vos", siempre quería lo mismo, tal vez porque al leer el menú ya le costaba comprender aquellas palabras. Un día dejó de comprar el diario, dijo que ya no le interesaba, quizás ahora sólo significaba una sopa de letras difícil de descifrar.

"Voy a tomar un café al bar" decía cada mañana el abuelo, pero un día se hizo el mediodía y aún no había regresado. Por suerte tenía un celular, que no dominaba muy fácilmente pero lo suficiente como para comunicarse, cuando lo llamamos nos comenta que estaba buscando la casa, no recordaba la dirección, ni cómo llegar.

Aquella enfermedad se estaba manifestando, había comenzado a crecer como un monstruo abominable, era el inicio del fin. Aquél hombre fuerte, luchador, independiente, imbatible, mi nono, había comenzado a perder todo lo que un día fue. Al principio fueron sólo momentos mínimos, casi imperceptibles, pero luego se fueron apoderando de él. Fueron olvidos, dificultades para manejar el dinero o hacer cuentas, problemas para manejar y medir las distancias, sus diálogos se fueron haciendo cada vez más cortos y su participación ya no era tan activa. Incluso su comportamiento cambió, se fue volviendo más irritable y se enojaba con más facilidad, sobre todo cuando estaba fuera de su ambiente. Hasta que llegó el día en que preguntó "¿Vos quién sos?" "Soy tu nieta, abuelo" contesté, mientras mi corazón se oprimía dentro mío e intentaba contener las lagrimas.

¿Qué había pasado con ese hombre? ¿Dónde está mi abuelo? ¿A dónde se fue? Algo se desconectó, su mente se nubló y sus pensamientos comenzaron a marchitarse, mientras los recuerdos se evaporan. Intenta traer una palabra, pero su vocabulario se retrae y ya no las encuentra, no las tiene. Quiere comprender en dónde esta, qué día es, dónde están sus padres que llama desconsolado y a veces dice ver. Dónde esta su esposa, aquella mujer que siempre lo cuidó y lo acompañó incondicionalmente, dónde esta su familia. Mira los rostros de las personas que lo rodean y se pregunta quiénes son, pues parece que nunca los ha visto, o tal vez sí, no está seguro. Toda su historia se desvanece y sólo queda el ahora, sin huellas del pasado y sin mañana, tan sólo está ese instante, ese abrir y cerrar de ojos. Vive en un presente, en pausa, mientras que a su alrededor el tiempo transcurre, las estaciones se suceden y con ellas los años.

Y mientras la vida sigue su curso intento comprender, busco en lo más profundo de sus ojos claros y siento una voz que me dice "El nono siempre estuvo, no busques en la materia, busca en su alma y allí lo encontrarás". Entonces, sentí que le había ganado a aquél monstruo, puede tener su mente, sus recuerdos, su memoria, pero nunca tendrá a su alma, su espíritu es libre y algún día dejará al cuerpo y se irá atesorando todo lo vivido, nada ni nadie puede tomarlo. En ese momento, comencé a bucear en su ser y por algunos momentos pude traerlo, y charlar sin los condicionamientos de su mente. Me contó que llevó una buena vida, que fue feliz, que hizo todo lo que se propuso, que ha vivido. Habló de su familia, de mi abuela y su vida juntos, me recordó la importancia del amor y de entregarse al otro. También me dijo que la extrañaba y que luego de su partida se sintió perdido, sin rumbo, ella era su rosa de los vientos.

Para el abuelo, sólo existe el ahora, y en ese instante disfruta de la compañía, de conocernos y reconocernos, de una caricia, un abrazo, una mirada cómplice, una sonrisa. Y al traspasar la materia, sé que allí puedo encontrarlo, puedo verlo, puedo sentirlo. Ya no se necesitan palabras, porque nuestras almas están unidas y entre ellas hablan y se comunican de un modo silencioso, todo lo entienden y todo lo saben. Ya no importa que la mente no pueda comprender qué sucede, aquí la razón es dejada de lado porque el alma todo lo trasciende y tiene un propósito que solo ella sabe.

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