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» Este artículo corresponde a la Edición del miércoles, 04/may/2016 de La Auténtica Defensa.

Correo de Lectores:
Correr, Correr, Correr...
Por ángela Monsalvo




Esta mañana muy temprano, cuando apenas el sol entibiaba el asfalto de la calle, escuché los pasos cansinos y la voz un tanto estridente de mi dueño que lentamente se acercaba al corral.

Comenzaba el día y tenía que ir a trabajar. Con la práctica de quién todos los días realiza la misma tarea, me colocó los arreos y me unció a "mi carro" de trabajo. Una jornada más de cansancio agotador.

Levanto mis ojos y mi mirada contempla un cielo sin nubes, dónde los rayos del sol parecen destellar anunciando un día de intenso calor.

Como cada mañana de mis días sin tiempo, inicio el trote por las calles de esta ciudad de la cuál todos dicen que es hermosa; la verdad es que yo no lo sé, porque nunca me dejan detenerme a contemplarla. Mi dueño siempre está apurado y me hace correr..., correr..., correr...

Muchas veces siento que mi pequeño y pobre corazón late tan fuerte que en cualquier momento va a estallar.

Durante el día recorro kilómetros y kilómetros, llevando en mi carro todo lo que mi dueño desea levantar para luego poder venderlo en algún lugar.

Cuando levanta cajas de cartón o botellas, corro con liviandad pues su peso casi no lo siento; en cambio cuando carga elementos de hierro, o artefactos de electrodomésticos, mis pobres y débiles patas se resienten, ya que muchas veces la carga que llevo supera mi propio peso.

Correr..., correr..., correr...

Nadie se detiene; soy invisible para las personas que cruzo en mi camino.

Calor... ¡mucho!; sed..., ¡qué no daría por beber un poco de agua fresca!, pero no hay tiempo, he retrasado mi paso pues estoy cansado y mis patas tiemblan. De pronto, el restallar del látigo y el dolor en mi cuerpo me recuerdan que lo que debo hacer siempre es correr..., correr... correr... Así un día y otro y otro más.

¡Cuándo alguien reparará en la tristeza y el agobio que guían mis pasos vacilantes por estas calles que perecen no tener fin.

Sólo las estrellas que iluminan la noche saben de mi cansancio cuando nuevamente me encierran en mi corral.

Mi cuerpo me pica, a veces me arde,es que la tierra se va adhiriendo a mi pelaje y junto a mi sudor se pega y la suciedad me envuelve. Hoy, llueve; por fin las gotas de la lluvia lavarán mi pelaje y quedaré limpio y fresco.

Tengo sólo tres años, soy sólo un pequeño caballito de pelaje marrón oscuro, de grandes ojos de mirada triste, al cuál la vida no le ha mostrado el mejor lado. Para mí no han existido, ni existen juegos, mimos, caricias, el sonido de una voz amable. Sólo conozco el sonido del cloc...cloc... que hace mi dueño con la boca diciéndome que corra y el sonido vibrante del látigo cuando rasga el aire.

Me pregunto ¿algún día mis hermanos y yo, dejaremos de ser invisibles a los ojos humanos? ¿Llegará el tiempo en que alguien se acuerde de nosotros y prohiba la tracción animal?

¡Cuánto pensar! El cansancio de una jornada de trabajo agotador nubla mi vista, mis párpados se vuelven pesados, el sueño me vence, mañana... mañana...será otro día.

Ángela Monsalvo



 
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