Todas las tardes había fútbol en la canchita del barrio, trepado al tanque de agua divisaba si había un pelota por el aire, bajaba por el caño de la antena de la tele y en una corrida ya estaba pateando con mis amigos de todos los días.
Por el hecho de conocer a mis amigos como a mi mismo a veces no era necesario jugar a Batman, solo bastaba una mirada, un gesto, un mensaje pasajero o simplemente esa intuición que da la calle, para saber que la canchita era reunión asegurada. Todas las tardes el clima respiraba diversión y era común la caída del sol por detrás de la ruta 9. Pero había un momento, un día distinto, las mañanas de los domingos la canchita jugaba sola, libre de gritos ajenos y hasta diría que parecía que nos extrañaba.
En domingo solo a veces salía hasta el almacén para hacer los fastidiosos mandados después de tantos retos. Caminaba el mismo recorrido que hacía hasta la canchita y sin embargo el sol marcaba distinto, daba mas espacio y hacía zona. La soledad de la calle se agrandaba a cada paso, por allá algún vecino cabeceaba un saludo, como decía Piero el caminar lerdo como perdonando al viento.
A veces mi mamá me escribía en un papel lo que tenía que traer, era muy temprano ese domingo y la memoria sigue su sueño matutino. Doblo la esquina por Urquiza y ya llegando a Berutti, un murmullo baja por el aire, un sonido que sabe a conocido me saca las sabanas de la caminata. Ni entré al almacén, corrí derechito hasta la canchita, el papel de mi mamá aun debe estar por ahí tirado, es mas, todavía debe estar esperando el pan.
Entré como siempre bordeando la pollería, y sobre el arco de Castilla unos hombres estaban probando un arquero, algunos de mis amigos estaban de alcanza pelotas, otros apoyados contra el palo del arco sonrientes del momento distinto. Ese domingo a la mañana, ese día de aire y sol diferente dejamos nosotros los chicos, de ser protagonistas en el juego para dejar paso a nuestro asombro de ver mayores en su estado puro de diversión y pasión futbolera.
El Dante Giroldi, don Felix Prelato, los hermanos Bianchi, Cristóbal, el "Fafo", el "petiso" Lavié, "el sodero" Carlos, y muchísimos mas, empezaron un mediodía de domingo a revivir el juego conocido y sumarle vida a sus años de tanta zapatillas y botines gastados, de tanta complicidad callejera en la canchita de mi barrio
Todos los domingos era cita en la canchita. Muchos de mis amigos y yo mirábamos desde afuera con la esperanza de que falte alguien para jugar con los mayores. Tuve la suerte de poder jugar en varias oportunidades y era el respeto, el cuidado y a veces el elogio lo que me hacia sentir tan grande como ellos. Ese grupo era la primera división del barrio, era enojo en el "pan y queso" al armar los equipos, era festejo de cada gol y pelea por aquel foul que no se cobró.
Por varios años han compartido domingos de fútbol, la canchita ha cambiado y después de su desaparición por la construcción, se han juntado en otras canchas. Todas mis tardes eran iguales en su diversión, tanto como solitarios eran mis domingos familiares.
Desde aquel día del mandado perdido, mis domingos tempraneros se convirtió en mis días de amigos. Cuando los mayores se juntaron a mostrar su historia fueron capaces de cambiar hasta la posición de los días.
HASTA LA PROXIMA
NESTOR OSCAR BUERI
Coordinador de grupos
Psicólogo Social



