Si nos proponemos leer los diarios de nuestro país, una oleada de expectativas y esperanzas suele refrescar al obrero desempleado y empleado. El primero enfrenta la lucha diaria por conseguir una puesto de trabajo con una leve cuota de optimismo. Mientras el segundo, empleado en industria manufacturera, relame el incesante crecimiento de producción, el cual puede ser alentador para un próximo aumento de sueldo, por parte del patrón y sus ganancias.
Desde que la Argentina devaluó, su esquema importador fue quebrado y generó el nuevo modelo de sustitución. El aumento competitivo implantado, marcó el comienzo de grandes entradas de dinero a las empresas involucradas en estos negocios. Hoy podemos contar con beneficios increíbles y nos damos el lujo de llevar y ofrecer al mundo cualquier cosa; desde tecnologías, hasta tierra fertilizada por lombrices.
El dato confortable que el Estado presenta orgulloso, como una hazaña de conquista, es el 16% de crecimiento industrial productivo y el aproximado 4.5% de aumento de nuevos puestos de trabajos, no son frutos de una política económica organizada. Sino de ventajas obtenidas, por la estafa hacia una clase, la de los trabajadores.
El terreno preparado a principios de los noventas, llevó a nuestro país a la reducción del sueldo a todos los trabajadores. El congelamiento de los salarios, ofreció un rendimiento a los empleadores y una confianza a sus productos. Si bien este proyecto económico afectó al 30% de la población y gestó el 50% de la pobreza, los industriales ganaron mucho dinero generando el cupo de oferta de mano de obra. Causando despidos masivos para el sector activo, provocando automáticamente la reducción del costo laboral a solo u$s 150 (Dólares) promedio.
Con la devaluación y crisis interna, terminaron de saquear completamente a los trabajadores, ocupados y desocupados, para convertir el sueldo en un promedio vergonzoso de u$s 80 mensuales. El 400% del vaciado salarial en nuestra economía ayudó, a los que prepararon durante la bonanza pasada, ha obtener hoy la rentabilidad increíble del 600% de ganancias en dólares. Se valieron de los artilugios de la abolición de los convenios de trabajos; devaluación con respaldos para grandes empresas; inflación real; mano de obra barata y especializada; erradicación del sistema laboral a personas mayores de 40 años, para incorporar a jóvenes ingenuos por poco dinero; el aumento de la jornada laboral a 12 horas por día y por supuesto, la complicidad de todas las organizaciones que se autodenominan obreras, que transaron y negociaron todas las pérdidas obtenidas por los trabajadores en más de 100 años de luchas.
Hoy nuestro país sigue creciendo para unos pocos. Los mismos que no reconocen las ganancias obtenidas y aluden que están aún en pérdidas constantes, culpando a la economía y otras yerbas del mercado.
Seguimos perdiendo conquistas y desorganizados. No hay representantes que nos dirijan a recuperar lo perdido y constantemente nos explotan. Las pocas inversiones que se realizan, son trabajadas por obreros en condiciones denigrantes, sin seguridad laboral.
Como siempre, las crisis son pagadas por los que menos tienen, por los que trabajan de sol a sol o los que malinterpretados desocupados, reclaman trabajos genuinos.
Hay que entender críticamente la situación. El patrón sólo quiere ganancias y el resto, las maquinarias, la inversión y el trabajador, son sus molestos costos, pérdidas obligadas. Pero pérdidas al fin. Sin una verdadera organización política que nos represente, seguiremos siendo números. Variables de ajuste en un mercado de pocos valores.
dariomartinamaru@yahoo.com
El autor es miembro del Centro de Estudios literarios y Periodísticos del taller escuela Mariano Moreno.



