QUERRÍA haber inculcado en mis propios alumnos, en aquellos años un poco lejanos ya debido a las crisis que experimentamos todos, el amor al caudal de conocimiento que mis maestros y profesores inculcaron serenamente en mí. Amor profundo, sed de transitar el siempre cautivante sendero del saber, necesidad de almacenar cultura para vivir todas las etapas y singularidades de la vida no como sabios desde el punto de vista intelectual, sino como ‘alumnos sagaces’ de los mensajes que otras vidas a nuestro alrededor nos transmiten. Siento dentro mío que lo logré aunque soy incapaz de reconocer en qué dimensión, no obstante lo veo como una forma de prolongación de mi propia existencia.
Tuve muy buenos maestros y profesores, ellos, de alguna manera, fueron responsables de interminables horas de disfrute y también en la formación; de retos y exigencias (si voy a ser honesta debería decir ‘autoexigencia’ debido a dos factores que impelían a avanzar sin tregua y eran ‘perfeccionismo’ y ‘temor al fracaso’); pulir la personalidad y los valores morales aprendidos. De aquellas personas recuerdo a pocas con rasgos característicos definidos, incluso sus nombres han quedado difusos por el tiempo pero la primera maestra es una imagen perfecta; desde lo físico, siguiendo por lo personal (siempre ha sido mi tendencia observa y evaluar a los profesionales por sus actitudes, tendencias, y cosas semejantes que me hacían apreciarlas o rechazarlas, sin términos medios) y, desde ya, profesional. Su nombre es Celestina.
Celestina. Tal su nombre que guardaba perfecta armonía con sus ojos celestes, brillantes (estaba enamorada de sus ojos por su brillo, calidez y los sentimientos que expresaban) y rebosantes de amor por su profesión y los únicos hijos que en su vida poseyó. La señorita Celestina era la directora de la escuela rural a la que asistían mis hermanos y como para mis padres las circunstancias les impedían llevarme para cursar mis estudios allí, la solución perfecta fue que una maestra me impartiera clases en nuestro hogar y la directora decidió tomar la responsabilidad. Nos llevábamos muy bien porque sabía enseñar y disfrutaba al hacerlo y encontró tanto entusiasmo y ansias de absorber todo su bagaje de conocimiento en su alumna que nuestras clases se constituían en fiestas. Cursé el primer grado con ella y lo rendí libre con éxito pero a la alegría debí sumar una tristeza que se acentuó con los años; lo imprevisto nos separó para siempre porque pocos meses más y fui sometida a tratamientos (que en otros capítulos menciono) que obligaron a los míos a mudarse, alejarse del pueblo natal, de personas como la querida maestra rural que me enseñó a leer, escribir y algo más que nos unió muy especialmente desde el corazón. La señorita Celestina está viva, tiene muchos años pero descuento que no ha perdido aquel brillo único de sus ojoc color cielo..., mucho de lo que soy y emprendo lleva el sello del amor que puso en educarme.@>
Sería injusta si no mencionase a maestras que ‘tomaron la posta’ primeramente en los hospitales donde recibí atención prolongada o aquellas que posteriormente impartían educación a domicilio o la última que me ayudó a completar mi ciclo de educación primaria y con quién llegamos a tener afinidad especialmente por el arte ya que es artista plástica también. Sobre las jóvenes docentes que asistían regularmente a mi hogar debo mencionar (si no lo hiciere no me lo perdonaría a mí misma) que aun me conmuevo recordando su entusiasmo y desinterés demostrado en todo el período que constó de unos dos años y en el cual se me consideró una jovencita normal y se me instó a apreciar la lectura (acompañando lo dicho con obsequios de libros clásicos de la literatura juvenil, mis primeros mejores amigos, inertes pero incisivos) y el disfrute de relacionarme con otras personas; cosa que me costaba mas persuadida de ello sentí que me fundía con la sociedad que me rodeaba y entre la cual, a continuación, tendría que desenvolverme.
Finalizados mis estudios primarios y habiendo optado por determinados cursos tuve profesoras y profesores. Como el estudio nunca fue cuestión de obligación, era simplemente por elección y placer, siempre di con profesionales no solo capacitados sino de agradable trato y por mucho tiempo mantuve una linda relación de amistad con mi profesora de Inglés pues coincidimos en edad y gustos o inclinaciones. La gran mayoría de las lecciones las recibía en los domicilios de dichos docentes por lo cual debíamos, pluralizo porque mamá me llevaba a pie en el horario y lugar de la ciudad de Zárate que fuera necesario, ser puntuales y cumplidoras en toda estación.
Tuve profesores ‘invisibles’. Sí, aunque suene extraño pero no lo es porque cuando finalicé mi período primario quise hacer un curso de literatura y me brindó la posibilidad un aviso que leí en un periódico. Ofrecían lo que se llama ‘cursos por correspondencia’ (no me merecían mucha confianza pero si accedí a tomarlo, la primera parte, fue a prueba) y se trataba de una academia llamada "Academia de los escritores fantasmas". El intercambio de correspondencia ya sea con las clases (que me eran enviadas) mas posteriores trabajos (que yo hacía con mucho gusto porque involucraba gramática, análisis de textos e incluso cuando de redactar se trataba, recibía libertad pero tratando de ‘conocer’ mi personalidad se me exigía lo más que pudiera dar) y las respuestas con las correcciones; era a mi juicio y de mi familia y amigas, bastante seria y sin entrar en exigencias, también coherentes. No conocí a esos profesores ni siquiera por nombre pero me ayudaron, diríase que me dieron el impulso suficiente para despertar ‘mi apetito’ por seguir educándome con esa orientación. A ellos también les estoy agradecida y aun recuerdo la carta que me enviaron al finalizar el curso; no llevaba la intención de halagar gratuitamente sino que cobrara conciencia que habían ‘encontrado’ en mi estilo algo que debía pulir porque si en verdad lo que yo manifestaba no era vocación genuina podía ser ‘un arrebato de juventud’ (tal y como fue literalmente expresado).
Cuando terminé dicho curso, estaba muy ocupada con las clases de las materias por las que había optado y decidí posponer las letras para más adelante. Fue en esa época que comencé mi trabajo periodístico en el periódico Zarateño (cosa que resultó una práctica muy provechosa). En principio de los años ’80 leí otro aviso que ofrecía clases de periodismo por correspondencia; pensé que se trataba de una escuela seria y con profesionales idóneos y cursos con cierta profundidad que me exigieran todo lo que yo pudiera dar. O era una excusa para cobrar sin esfuerzo o no había capacidad... puesto que transcurría el tiempo y mi desconfianza aumentaba así como mis entredichos con mis supuestos ‘profesores’. Cuando di por finalizado lo que llamaba ‘una pérdida de tiempo con poca o ninguna ganancia’ y no seguí abonando las cuotas restantes, nadie me reclamó nada (deduzco que lo que me daban era de poco valor y no quisieron ponerse más en evidencia).
Desde estas líneas agradezco a todo docente que, tratándome como ser humano, me dio la ocasión de acumular nociones, la práctica y satisfacción de logro sin discriminarme (tengo el orgullo de aclarar que cuando las clases fueron por correspondencia nadie conoció más que mi intelecto porque no necesitaban enterarse de mis problemas físicos), para alcanzar mis metas personales. Mientras estuve internada, tratándose de períodos de largos meses, tuve maestras y profesoras que se convirtieron, además, en amigas y compañeras.
Sobre todas las cosas, aquellos docentes, se brindaron afable y desinteresadamente para llenar agradablemente horas y alimentar formando mentes inquietas, preparándolas para saber utilizar las herramientas que se les proporcionaban... el recuerdo y el efecto de ellos, los forjadores; difícilmente se borren de mi memoria.



